| Antonio Federic...'s profileEl Exquisito Arte de la ...BlogLists | Help |
|
El Exquisito Arte de la PerezaPaso mi vida observando pelusas November 24 El Sol está sobrevaloradoPor alguna razón extraña para mí, muchos poemas y canciones de amor comparan a éste con el sol, el alba, el día. Tu amor es el sol que me alumbra y calienta y bla, bla, bla... pues para mí es al revés: el sol es el hijo de puta que, armado con su navaja de luz agria y salvaje, me destierra de la penumbra de tu habitación, de la noche profunda de tus ojos, del oasis de sábanas de tu cama. Con la primera bofetada de claridad al salir de tu portal, dos cortinillas castañas y verdes se cierran de fuera a dentro convirtiendo en dos puntitos negros mis pupilas, las mismas que durante horas han sido pozos anchos y oscuros como boca de lobo, dos lagunas negras donde has nadado toda la noche. El día entra a saco por los amplios ventanales del café reflejando toda su puta artillería en cada espejo, cada vidrio y cada cubierto. Me parapeto en mi cazadora levantándole el cuello y, atrincherado en el rinconcito más sombrío del local, pido a mi “espresso” doble que me de cobijo para la vista. Echo el azúcar y le doy vueltas, saco la cucharilla y me la llevo a la boca mientras en la taza el líquido sigue girando con mansedumbre y la espuma color crema dibuja una espiral. Es como si allí mismo tuviera mi propia galaxia pequeñita girando sobre su centro, y francamente, me entran ganas de caerme dentro hasta perderlo todo de vista. El bullicio de un millón de secretarias, ejecutivos y amas de casa que toman al asalto la barra como una bandada de estorninos me saca de mi ensimismamiento espacial, de mis fantasías de astronauta de andar por casa. Es entonces que me percato de algo: mi juego de constelaciones en miniatura a duras penas es más claro que el fondo sobre el que flota y aún así resulta perfectamente nítido, tanto como si la espuma fuera blanca y fluorescente, y me acuerdo de la noche pasada. Casi no había luz en tu cuarto, sólo un desvaído reflejo anaranjado procedente de la lámpara de sodio que corona la farola solitaria y cabizbaja de tu calle, vacilante y temblón como la llamita de una cerilla moribunda. El caso es que yo te veía perfectamente allí, debajo de mí: la pequeña depresión del nacimiento de tu cuello, tus pechos apuntándome como fusiles en la revolución de los claveles, el óvalo de tu cara y la melena revuelta. Lo más importante fueron los ojos que se atrajeron como dos pares de imanes y que no hemos cerrado en toda la noche. Hemos follado sin palabras, sólo jadeos quedos. Hemos follado sin besos, aunque nuestros labios se rozaban de tan próximos hasta bebernos la respiración del otro. Hemos follado sin apenas parpadear, mirándonos a los ojos pero enfocando más allá, como si los dos estuviéramos viendo el mismo infinito, como si fuéramos la misma cosa, como si hubiéramos llegado al principio de todo cuando no había oscuridad porque no existía luz con la que compararla... y luego el estallido, y luego el abrazo, y después el silencio. Ya sabes lo que ha sucedido a partir de ahí: ese cabrón, este tirano de fuego se ha levantado en el horizonte para colarse por las rendijas de tus persianas y pincharme los párpados. Te he besado despacio ya en la puerta del piso y con la congoja de todas las mañanas (¿por qué tras dos años juntos tengo cada mañana el mismo miedo a que ese beso sea el último?). Sólo resta esperar a que este jueves se muera de viejo para ir a cenar contigo, pero temo que aún queda mucho para que el sol se escabulla tras los edificios para ir a dar por culo al otro lado del mundo, y me deje en paz, y vuelvas a amarme como nos gusta: a oscuras. November 23 LoserAquel hombre era como un almacén de batallas perdidas, una colección de fracasos, un compendio de desengaños, el jodido museo de cera de la mala suerte. Todas (pocas) las mujeres que pasaron por su vida lo hicieron por lástima, despecho o por no tener otra cosa que hacer, y todas se marcharon tras saciar su sed de autoestima, piedad, dinero, nacionalidad española... o simplemente se cansaron de tener sexo con aquel ser anodino y grisáceo, con ese ceniciento sin hada madrina ni carroza de calabaza. Su destino era barrer sus miserias por los siglos de los siglos. Para él no habría baile en palacio, ni zapato de cristal, sólo hacer solitarios y crucigramas en su mesa de plástico viendo “noche de fiesta” para siempre. Once letras, uno al que todo le sale mal, a quien nunca sonríe la suerte: DESGRACIADO. Cerró el periódico pensando que mañana será otro día. Súbitamente lo entendió: mañana sería “el día”. ¿Qué pensamientos tiene al despertar quien sabe que ha llegado el momento de suicidarse? ¿Qué ha soñado esa noche? ¿Se levanta con una sensación de paz, o llorando, o feliz? Cualquiera de esas posibilidades parece plausible, pero no hay que olvidar que se trataba del Sr. Nadie, gris entre los grises. No estaba ni exultante ni deprimido, ni pensó en nada especial, ni recordaba haber soñado. Era un despertar vulgar que servía de colofón a una vida repleta de ausencias, vacía de plenitudes. Sólo había algo especial, la determinación de un lemming camino del precipicio. Mojó el bizcocho ya algo rancio en la leche y se lo llevaba a la boca cuando paralizó el gesto quedándose con la boca abierta. Acababa de planteársele una duda para nada baladí: ¿cuál iba a ser el método de suicidio? El extremo húmedo del bizcocho no pudo resistir más la fuerza de la gravedad y empezó a curvarse lentamente hasta acabar desgajándose y cayendo en el tazón con un “plop” líquido que llenó de gotitas tanto la mesa como el albornoz y la barba de tres días de nuestro Juan Sin Tierra. La debacle bizcochil le sacó de su atolondramiento y él se levantó en busca del tomo del diccionario enciclopédico Siria-Tulipán, un lápiz y un papel. Siria-Tulipán daba una definición clara del suicidio y brindaba un listado donde se enumeraba una buena cantidad de métodos para realizarlo, pero sin entrar en detalles, así que tuvo que recurrir a otros cuantos tomos de la enciclopedia para aclarar conceptos (Ébano-España para electrocución, Azar-Bilbao para barbitúrico, etc.) Todo el trámite documentalista y bibliográfico no amilanó a nuestro tenaz hombrecillo. De hecho estaba tan decidido y concentrado que no reparó en que era la primera vez que se hacía merecedor de ese adjetivo: tenaz. Anteriormente había sido metódico, concienzudo, insistente, tiquis-miquis y cansino, pero jamás tenaz. De un modo u otro, a la hora y media tenía ya un abanico de opciones que conocía y entendía perfectamente, y del cual tenía que escoger una. Pensó que la asfixia por monóxido de carbono sería lo ideal: empezar sintiendo una suave modorra y cómo todos los músculos se relajan, y te vas durmiendo plácidamente para no despertar jamás (al menos en este mundo). El problema era dónde obtener ese gas. Recordó las palabras que le dirigió el técnico de la caldera de la calefacción cuatro días antes: “Joder, jefe, el cacharro estaba tan sucio y revocaba tanto que ha faltado poco para que se fuera usted al otro barrio... no la enciende mucho rato ¿verdad?” Manipular la caldera no era opción, pues podía provocar un accidente y afectar a los vecinos que, dicho sea de paso, ninguna culpa tenían de su mierda de vida. Dos posibilidades tenían similares efectos: la primera consistía en cortarse las venas dentro de la bañera llena de agua caliente, pero no tenía presencia de ánimo para tal cosa. La segunda era ponerse tibio de whisky e inflarse a barbitúricos. Tenía la intención, conocía el método y era el momento: sólo restaba reunir los ingredientes y hacerlo. Volvió a levantarse de la mesa esta vez para devolver los tomos a sus puestos en la enciclopedia que aguardaba como una boca mellada pendiente del dentista que viene a reponerle las piezas que faltan. Los introdujo en sus huecos suavemente hasta que llegó el turno de Siria-Tulipán que, éste sí, presentó alguna dificultad. La distancia entre baldas en la librería de aglomerado iba muy justa y la presencia de un papel en el hueco de Siria-Tulipán impedía que el suicida pudiera reponer limpiamente el volumen a su sitio. Al final lo consiguió y se dirigió al armario donde guardaba los medicamentos para revolver entre paracetamoles y antiácidos. Al fin encontró una caja llena del barbitúrico Rohypnol, capaz de provocar agilipollamiento a un rinoceronte. Cojonudo. Ahora al mueble-bar. Vaya, no quedaba whisky. Sacó todas las botellas para ver si encontraba un digno sustituto. ¿Martini? Demasiado suave y, además, quedaba poco. El ron a palo seco no le gustaba y no había con qué combinarlo. Lo mismo pasaba con el vodka. Sólo quedaba tequila que una vez compró para complacer a una novia mejicana que lo dejó aquella misma tarde. El tequila, tanto por el tequila en sí como por el recuerdo que traía consigo, le repugnaba hasta el punto de hacerle vomitar, lo que sería muy poco práctico, pues tanto el alcohol como las pastillas habían de ser digeridos y no devueltos con la cabeza en la taza del váter. ¿Podía la carencia de bebida interponerse en el camino de un autoasesino autodidacta? ¿Era capaz la falta de setenta centilitros de droga legal de frustrar las aspiraciones de un suicida hecho a sí mismo? Definitivamente no, resultaría vergonzoso. Más teniendo en cuenta que a cinco minutos de su portal había un supermercado. Decidió que después de comer opíparamente y echar la siesta bajaría a comprar algo con que aliñar lo que quedaba de ron y de vodka. Y que el tequila se lo bebieran esa hija de la chingada y su puta madre en el burdel de Tijuana en el que estuvieran trabajando. Se tomó su tiempo para cocinar, comió, fregó y se tumbó en el sofá bajo una manta a cuadros rojos y negros y se dejó adormecer por un disco de boleros puesto bajito. A las siete de la tarde se despertó, se desembarazó de la manta y de la bata y se desperezó. Camino del dormitorio volvió a poner el disco, pero esta vez bastante alto. Abrió el armario y seleccionó su atuendo: zapatos nuevos, vaqueros limpios, camisa y una chaqueta de sport. Colocó todo sobre la cama y se fue al cuarto de baño. Encendió el calefactor y abrió el grifo. Entretanto se templaba el chorro de agua, se desnudó con cuidado metiendo la ropa en el cestillo de prendas para lavar y se miró al espejo. Decidió afeitarse antes de entrar en la bañera y así lo hizo. Sería la última vez que bajase a la calle, y la ocasión bien merecía un “completo”. Finalizó la ducha con agua fría, lo que le hizo jadear y sonreír. Salió de la bañera tras el chaparrón estimulante, se secó y se acicaló. Al terminar volvió a su habitación y de nuevo se miró al espejo, y apenas se reconoció tan limpito, afeitado y repeinado... aunque en pelota picada. Sólo restaba vestirse y bajar a comprar, que a este paso no iba a estar abierto ni el chino del todo a cien. Al fin, totalmente adecentado, salió a la calle sonriendo sin saberlo. Dos chicas y un anciano respondieron a su sonrisa, lo cual fue atribuido por nuestro amigo a un espejismo fruto del sol del atardecer que le daba en la cara. De haber estado más atento se habría dado cuenta de que una de las chicas se sonrojó, miró al cielo y volvió a mirarle a los ojos durante unas décimas de segundo de más, esas décimas de segundo que dicen “vas bien, acércate a ver qué tienes que contarme, despliega tus encantos”. Acababa de empezar Marzo y cualquiera podía ver que la primavera se iba a adelantar trayendo consigo tardes de lluvia, baños de un sol que va perdiendo timidez y se prodiga más horas. Y flores. Y celo. Ha pasado la jornada metido en casa perdiéndose un día fresco, que no frío, pero soleado. Un día de esos de finales de invierno que son diáfanos y se coronan con un cielo que da pleno sentido a la palabra “azul”. No todo está perdido, pues queda lo mejor del atardecer, cuando el azul de poniente va haciendo sitio al naranja y las nubes se visten de anaranjado y rosa por debajo y de malva y morado por arriba. Será una buena idea, tras el aprovisionamiento, dar un paseo por el bulevar de la avenida para disfrutar del caleidoscopio celeste entre las dos hileras de tilos que flanquean a los peatones que remolonean saboreando las últimas horas de luz. El padre del niño complaciente, echó la moneda correspondiente en la ranura y el caballito mecánico se puso en marcha llenando el aire de relinchos y ruido de cascos al galope. La atracción infantil estaba en la entrada del supermercado. El chiquillo apuntó al suicida con el índice de su manita gordezuela y dijo riéndose “Pum, pum. Tas mueto”, a lo que el otro respondió llevándose la mano al pecho y poniendo los ojos en blanco, para luego sonreír al pequeñajo y al orgulloso progenitor de John Wayne. Entró acto seguido en el comercio y de repente notó un escalofrío en la nuca que le hizo torcer el gesto, y es que durante unos minutos había olvidado que lo que se celebraba era su funeral, que el bajar a comprar era un medio y no un fin, que era un cadáver que respiraba por un error logístico en el surtido de su nevera. De todos modos esa inquietud fue rápidamente enterrada gracias a sus agallas eficaces y recién estrenadas, a esa tenacidad flamante y novedosa, por lo que pasó entre las dóciles puertas automáticas con pisada firme y mirada decidida. Nada iba a echar por tierra su liberación. Pasó frente a la estantería de los refrescos y abrió la cartera. Había cometido el error de no comprobar si llevaba dinero. Menos mal. Ahí, aplastadito entre un cupón de los ciegos del año pasado y un calendario con la imagen de una señorita semidesnuda que le miraba con ojos lascivos desde su cuerpo de cartón, había un billete. Ajado y mugriento, sí, pero no de los pequeños. Ya que no habría más copas a partir de ese día, ¿por qué conformarse con lo que quedaba en casa? Tenía dinero y lo iba a gastar en lo que más le gustaba. Caminó sonriente, casi relamiéndose, hacia los estantes del whisky de malta para encontrarse con que entre las botella y él se interponían unas puertecitas de vidrio. Un cartel contenía las instrucciones correspondientes. “Si desea adquirir alguno de estos productos solicíteselo a la cajera”. “Pues bueno, pues vale, pues voy”. Y fue. Sólo había una caja abierta y sólo una persona en la cola, una anciana. La buena mujer era una de esas viejecitas simpáticas y parlanchinas que enseguida cogen confianza con todo el mundo. La cajera asentía divertida con una sonrisa, ora beatífica, ora traviesa, a la narración que la señora le hacía de su vida y milagros. Llegó al fin su turno. “¿Qué desea?” “Eh, sí... que si me puede sacar una botella de ahí” “¿Cuál?” “Cardhu”. Lucía. Eso era lo que ponía en la chapa identificativa del pecho. “SRTA. LUCIA SANCHEZ”, así, sin tildes, pero a él no le interesaban las tildes, el SRTA. ni el SANCHEZ. Sólo prestaba atención al nombre, Lucía. Sencillo pero vibrante. Lucía. Claro como luz, como lucero, como Lucifer lo fue al principio. En el poco tiempo que les costó llegar a la vitrina, él repitió el nombre dentro de su cabeza casi cien veces. La cajera, Lucía, abrió la portezuela con una llavecita y él mientras recordó una costumbre que tenía de niño: la vida le ponía delante una palabra, por ejemplo “azúcar” impreso en el paquete que su madre ponía en la mesa justo antes del desayuno. Entonces se preguntaba por qué el azúcar se llamaba azúcar. Repetía la palabra para sí cincuenta, ochenta, cien veces. Sin pausa entre una y otra. Azúcar-azúcar-azúcar... azucarazucarazucar... Pronto la sílaba zu dejaba de ser tónica y empezaba a serlo otra, ázucar, azucar. Al mismo tiempo la palabra empezaba y terminaba en otros sitios: zúcara, carazú, arazuc... Silencio. Cinco segundos. Palabra original: azúcar. Y era entonces que sentía la palabra absolutamente arbitraria. Azúcar, por sí misma, no tenía sentido. Su mente infantil imaginaba un señor anciano de barba blanca y pronunciada calvicie (¿por qué los niños siempre imaginaban así a los sabios?) vestido con una toga como la de Laurence Olivier en “Espartaco”. Cuatro o cinco hombres más jóvenes vestidos como extras de “La túnica sagrada” (pasó los domingos de su infancia viendo peplum con su padre en el sofá) se acercaban al sabio con cara de preocupación. Le enseñaban una bolsa llena de una sustancia blanca pulverizada y él, fríamente, introducía un dedo en la bolsa y luego se lo llevaba a la boca. Ojos cerrados, cabeza echada hacia atrás, ceño fruncido por la concentración... entonces abría los ojos y serenamente alumbraba la nueva palabra para un nuevo descubrimiento. “AZÚCAR” y los hombres jóvenes sonreían y respiraban aliviados. Pero eso no estaba sucediendo con Lucía. Lucía no podía ser fruto del azar o de la inspiración (que podrían ser lo mismo). “Lucía” existía con el objetivo único de nombrar a esa mujer. Y no cabían sinónimos, sólo Lucía podía ser el nombre de ella en una relación cierta y necesaria, natural, como la que hay entre masa y gravedad. Todas estas cavilaciones apenas le tomaron tres segundos, certificando a sus ojos que a veces parece que el tiempo, y con él el mundo, se espesara fluyendo el primero y moviéndose el segundo como la brea o la melaza, lenta y suavemente, mientras el cerebro por contra trabaja a la velocidad de la luz. Satisfechas sus ansias de semiólogo frustrado, se dispuso a apaciguar las de admirador secreto. El pelo de Lucía, de un color cobrizo parecido al de una miel oscura, convergía en una coleta que le caía hasta la mitad de la espalda, con la excepción de un tirabuzón díscolo que le nacía arriba de la frente y se descolgaba a la izquierda, llegándole hasta la placa con su nombre oscilando entre ésta y el centro del escote. Y además, Dios santo, ¡olía tan bien! Las veces que giraba la cabeza haciendo agitarse la melena a él le llegaba una ola tenue de perfume. El espejo que constituía el fondo de la vitrina sirvió a nuestro amigo para examinar los ojos de la cajera mientras ella localizaba el whisky correcto. Eran unos ojos grandes, castaños y no se sabe si ingenuos, inocentes o soñadores, pero de cualquier modo dulces. Se acercó discretamente a ella por la espalda y admiró ese cuello elegante y delicado, casi frágil, que por detrás formaba una nuca deliciosa y por delante bajaba hasta el escote y los senos que se cobijaban entre la oscuridad del interior de la chaqueta como una promesa de calidez. Cuando salió del super, el sol ya estaba poniéndose el pijama y se levantaba una brisilla fresquita que le provocó un pequeño escalofrío. Estaba deshaciendo el camino recreándose en el paseo haciendo bambolearse la bolsa que contenía la botella de whisky. Una hora y media estuvo caminando plácidamente, entre los tilos y los bancos ocupados uno sin otro por parejas que charlaban y se hacían carantoñas, hasta que al ver a esta gente trató de recordar la época de su vida en la que hacía planes de futuro más allá de decidir qué vería esa noche en la tele, y menos en común con otra persona. Si recreaba en su mente los proyectos con sus novias, apreciaba con claridad que no era “con” sus novias sino “de” sus novias. Ella, la novia de turno, dictaba y él se limitaba a asentir con docilidad. Haremos, iremos, compraremos... Sí, sí, sí... Como un robot: se le programa y punto, a obedecer. Lo peor es que no le quedaba claro por qué se dejaba mandar de ese modo. ¿Porque estaba de acuerdo con todo? ¿Porque estaba tan absorto dentro de sí y respondía maquinalmente? ¿Porque era un enamorado complaciente? ¿Porque tenía miedo de quedarse solo? Sabe Dios... ni puta idea. Llegó a su portal y el cielo ya estaba bastante oscuro. La vida empezó a correr en cámara lenta y sintió que la sangre perdía grados de temperatura conforme la llave entraba, diente a diente, en la cerradura. De pronto un reflejo en el cristal de la puerta le distrajo. Llamó su atención lo suficiente para olvidar esas sensaciones de hacía sólo una décima de segundo y hacerle recuperar la templanza. Se giró en redondo para ver el origen del reflejo que tan oportunamente había acudido en su auxilio. Unos tubos delgados de neón azul sobre un fondo negro giraban una y otra vez para conformar el nombre del local de copas abierto hacía poco y que no había visitado. “El hilo de Ariadna”. Acabó de girar la llave y abrió con un suave empujón. Misma operación en la puerta del piso. Encendió la luz del recibidor y después la del salón. Sobre la mesa, ordenadamente, colocó la botella de Cardhu, las pastillas y una cubitera llena que trajo de la cocina. Abrió la vitrina y sacó un vaso bajo tallado de buen cristal y lo reunió con el resto de objetos. Lo hizo sin el más mínimo temblor, pero con una cierta sequedad en la boca. Bebió un poco de agua fría de la nevera y se dirigió a la ventana. Desde allí también podía leerse. “El hilo de Ariadna”. Sabía que era algo de la mitología griega, pero no conseguía recordar la historia. Se dirigió al anaquel de la enciclopedia pensando que en un solo día la había consultado más veces que en todos los años que la había tenido desde que la compraron sus padres cuando él era un adolescente que estudiaba primero de B.U.P. Mientras dirimía si consultar el primer tomo para buscar “Ariadna” o Haba-Idiota para buscar “hilo”, vio que Siria-Tulipán sobresalía un poco y recordó que esa mañana había tenido algún problema para colocar ese tomo en su sitio. Un papel o algo así había entorpecido la entrada del libro en su madriguera. Notó una punzada de curiosidad y sacó ese volumen y los dos adyacentes. Al final, apretujado contra el fondo, había un sobre. Se valió de las pinzas de cocinar para sacarlo y lo observó. El sobre “reciclado” estaba dirigido a su padre y el remitente era una compañía de seguros. Lo abrió intrigado y dentro encontró varias fotos de sí mismo de pequeño y una carta que escribió a su casa un verano que estuvo de vacaciones en el pueblo de su abuela. “Hola, papás: ¿cómo estáis? Espero que bien. Yo...” y seguía con la narración de sus aventuras luciendo la caligrafía propia de un escolar. El yayo le había llevado a pescar y había ido a coger renacuajos con el Chicho, que era un niño muy bruto pero que tenía una hermana muy guapa a la que tiraban de las trenzas. Sonrió recordando todo aquello. El abuelo ayudándole a poner una lombriz en el anzuelo, los renacuajos nadando en un frasco que una vez contuvo mermelada de melocotón y, sobre todo, la torpeza infantil de cortejar a una niña haciéndole trastadas, ese conglomerado de atracción-repulsión que se inspiran entre sí niños y niñas que a veces parecen seres de mundos diferentes. Dobló la carta y pasó a las fotografías. Cubrían su vida entre los cuatro y los diez años, y en todas sonreía. Las sonrisas eran amplias y no pocas carecían de algún dientecillo de leche. Salía rodeado de primos, amigos, abuelos, etcétera. En la que más le gustó aparecía en las rodillas de su madre y cogiendo a su padre de la mano. La casualidad le había puesto en la cara que alguna vez fue feliz. Tomó la carta y las fotos y las puso junto al álbum que no hojeaba jamás, lo que no era raro considerando su historial amoroso. Al final se decidió por buscar “Ariadna”. Ariadna dio un hilo a su amante, Teseo, cuando él se introdujo en el laberinto de Creta. El héroe, conforme avanzaba, iba soltando el hilo de Ariadna. Mató al Minotauro y luego sólo tuvo que deshacer el camino siguiendo el hilo para hallar la salida. Se había convertido en algo parecido a Teseo desde que la noche anterior decidió quitarse la vida. ¿Qué había hecho pues sino seguir el hilo de los argumentos para no querer continuar adelante? El hilo del pragmatismo para escoger el modo de hacerlo, el del amor propio para arreglarse, el de la determinación para disponerlo todo, el de la despreocupación para disfrutar del camino entre los tilos, el de la imaginación y el instinto para tener una ensoñación con Lucía, y el del pasado para recordarse a sí mismo en otros tiempos, casi en otra vida. ¿Pero quién era Ariadna? Miró a la mesa y vio el whisky, las pastillas, el vaso y el hielo que ya se deshacía. No se había acobardado, pero tenía la sensación de que si se mataba ya iba a dejar algún cabo suelto, como se suele decir. Cogió las llaves y se precipitó escaleras abajo, cruzó la calle y se metió en el bar. Música de jazz, semioscuridad, pequeños focos que hacían incidir sus estrechos haces de luz sobre la barra, mesitas y sillas negras, un billar y poquita gente. El camarero, sonriente y educado, le preguntó qué deseaba. Nuestro amigo echó un vistazo al botellero y señaló la botella de Cardhu y el camarero le preguntó “¿Con hielo?”. “Con hielo” y añadió por lo bajini “sin Rohypnol el primero”. Le sirvieron su copa con un posavasos en el que algún cliente había escrito un poema de Gil de Biedma. Se llevó el whisky a la boca hasta mojarse los labios y la nariz se le llenó del olor ahumado propio de la bebida. Tomó un par de sorbos cortos y cuando empezó a bajar el vaso y sus ojos se libraron del caleidoscopio de hielo y malta, su mirada se clavó en dos ojos que le miraban desde otro punto de la barra. Se acercó tranquilamente a la propietaria de esos ojazos castaños. Le dedicó una sonrisa amplia, como la que mostraba en las fotos descubiertas tras la enciclopedia. -Buenas noches. -Hola. Ella también sonrió. -Me llamo... -Lucía. Ya lo sé. “Vaya, se acuerda”. Se sonrojó levemente. -¿Estaba bueno el whisky? -Aún no lo he empezado, pero imagino que sí. Es como este que me estoy tomando. -Nunca lo he probado... ¿Puedo? Reprimió un temblorcillo de nerviosismo y le acercó el vaso, que ella tomó con las dos manos con un gesto infantil. Lucía probó el contenido y casi al instante le entró la tos que terminó en una risa franca. -Lo siento,-sonreía- no estoy acostumbrada a las bebidas fuertes. A causa de la tos, unas lágrimas le afloraban en el rostro. Él tomó un pañuelo dispuesto a prestárselo para que se limpiara, pero en el último momento cambió de decisión y lo hizo él mismo. Le secó con delicadeza junto a los ojos acercándose mucho a ella. Volvió a respirar el perfume que ya había olido esa misma tarde. Bajó la mano apartándola de ella, pero siguió con la cara a veinte centímetros de Lucía, perdido, enredado en esas pestañas. Nunca llegaría a saber cuánto tiempo pasó entre el instante en que se quedó mirándola encandilado y el instante en que se dio cuenta de que Lucía y él se estaban besando. Mientras la besaba la miraba, y vio que ella daba los besos con los ojos entreabiertos, respirando con lentitud, con una dulzura enorme. Se apartaron a un palmo el uno del otro y se miraron sorprendidos, sin entender nada y ensimismados el uno en el otro. Su cerebro volvió a acelerarse repasando lo acontecido durante este día y volvió a repetirse la pregunta ¿quién es Ariadna? ¿Lucía? No tenía seguro si Lucía era Ariadna o el propio hilo, pero aquel día de valor, tenacidad, decisión, de pensar que era el último y lo iba a encarar en consecuencia, era el día en que se sentía a salvo, dispuesto a exprimir al máximo una vida perecedera. Si todas las piedras fuesen de oro ¿quién daría importancia a ese metal? Quizá el problema de la existencia residía en que siendo breve, incierta y escurridiza, a menudo parece larga, segura y estática. Volvieron a besarse. “¿Qué hacemos?” Yo nunca hice planes. “Ven conmigo a mi casa”. “¿Y qué pasará mañana?” Yo nunca hice planes. Sonrisa. “Que quizás vaya al cine con una chica genial”. También ella sonríe. “¿Cómo te llamas?” “...Teseo”. November 21 En "Vida y Destino", de Vasili Grossman[...] Todos eran débiles, tanto justos como pecadores. La única diferencia era que un hombre miserable, cuando realizaba una buena acción, se vanagloriaba de ella toda la vida, mientras que un hombre justo no reparaba en sus buenas acciones, pero recordaba durante años un pecado cometido. [...] November 17 EspeleologíaTendrías que verme... mi aspecto está entre la ciencia-ficción y el esperpento: un mono con protecciones de kevlar, botas de suela antideslizante, un arnés del que cuelgan martillo, mosquetones y demás herramientas, guantes y un casco con lucecita. Soy el Antonio Molina del siglo XXI. Conecto la linterna de mi casco y allá voy, dispuesto a explorar tu mente. Ya hay cartografiados y reconocidos diversos lugares como la dolina de tu trabajo, la caverna de tu familia, la surrealista geoda de tus sueños. También hay una columna por cada día especial que has vivido y no olvidarás jamás. Pero no es eso lo que vengo a visitar. Vengo a explorar, a buscar, a descubrir. Vengo dispuesto a saber si hoy (los fenómenos kársticos son así, formación y derrumbamientos que se van sucediendo) si hoy, decía, existe una cueva, un pasillo, una sima, un pasadizo, un sifón, una columna, una estalactita, una estalagmita, una simple gotera o siquiera una manchita o arañazo en la pared que lleve mi nombre o hable de mí. Estoy nervioso, no sé lo que voy a encontrar ni si voy a encontrar algo (por no saber dar con ello o porque no exista). No me importa. Voy para adentro. ¿Me notas? August 08 Sólo estoy jugandoHoy te invito a jugar
aunque tú aún no lo sabes.
Has llegado a mi casa
(una casa de la que tienes llave
y por la que te mueves
con la misma soltura y naturalidad que mi gato azul-gris)
cansada de trabajar,
o quizás tan sólo aburrida.
Hoy te invito a jugar
aunque tú no me ves ni me oyes
cuando te quitas la cazadora
y la dejas sobre el brazo del sofá.
También, mientras me acerco sigiloso
igual que tu gata negra,
te desprendes del jersey de lana
que me perteneció en la infancia postrera
y que rescataste del fondo caótico de mi armario y de mi pasado.
Los tirantes del vestido
no aciertan a esconder los del sujetador
y mucho menos la piel de tus hombros,
y es sobre tus hombros donde apoyo mis manos.
Te he sobresaltado un poco
pero sigo detrás de ti y tú no te has vuelto
a mirarme.
Y te invito al silencio
(Shhhh...) cuando empieza el juego
al vendarte los ojos.
Las reglas son sencillas:
no te quites la prenda que tapa tus ojos
y habla lo menos posible.
Muerte a la visión y muerte a la palabra.
Te has convertido en mero instinto,
sin otros estímulos en tu conciencia
que el olfato, el tacto, el oído que percibe
mis pasos mullidos de pies desnudos sobre la alfombra.
Y tu propio deseo.
Comienzo a desnudarte con cuidado
y tú, a ciegas, haces lo propio conmigo.
No te pones nerviosa si algún botón
se defiende de ti, pues sabes que tienes tiempo.
Todo el tiempo del mundo es el que cabe en esta noche de viernes.
Me alejo de ti
y tú tiendes tus manos hacia adelante,
como las antenas de una hormiga buscando algún rastro,
una referencia en lo oscuro.
Mientras avanzas con cautela
yo apago la luz del salón y voy a encender
la vela que dejé en la mesa.
Has oído el roce de la cerilla,
la minúscula explosión de su encendido,
el leve crepitar de la madera.
Y sientes el olor acre e inconfundible del fósforo,
y un instante después la cera y
el perfume de sándalo de la vela.
Tus dedos siguen explorando el vacío
mientras, en silencio, me coloco a tu lado.
Soplo con mucha suavidad en tu oído
y dejas escapar una risita mientras te vuelves hacia mí.
Sonríes con una sonrisa que evoluciona veloz.
Al principio ha sido amplia y franca (como la que me regalas a menudo),
luego nerviosa e impaciente (la acompaña el subir y bajar de tus clavículas delatando tu respiración)
y por fin decidida y depredadora (como la chispa de luz en los ojos de un gato a punto de saltar).
Trato de escabullirme pero me atrapas.
Si el oído te ha ayudado a encontrarme,
ahora es tu tacto el que te ayuda a reconocerme
al sentir la forma de mi cara y de mi pecho,
al notar la leve aspereza de mi mentón mal afeitado.
Con la única luz de la vela,
casi estoy tan ciego como tú.
Pero no es bastante y cierro los ojos
dejando a mi piel el trabajo de "verte".
Conforme te acaricio, mi mente reconstruye
tu cuerpo para mí. Dibujo en mi cabeza
lo que leo en tu silueta, en la suavidad
de tu rostro, en la firmeza de tu carne joven.
El tacto se satura cuando damos otro paso
y es tanta la piel de cada uno
que entra en contacto con la del otro,
y aquí es donde el olfato (que también es el gusto)
toma el relevo claramente.
El olfato, que fue el primer sentido,
que radica en la parte más primitiva de nuestro cerebro,
y que graba sus impresiones a fuego en nuestro recuerdo
(el olor de tus caramelos favoritos de niño,
o el de la casa de tus abuelos).
Me invade la "visión" de tu pelo, que siempre huele a limpio,
y tus muñecas, donde a diario dejas caer y morir una gota de tu perfume,
y tu cuello, donde percibo tu olor corporal que se diferencia de cualquier otro
como se distingue una huella digital,
y por fin tu sexo, que huele a deseo, a mujer, a vida.
Se solapa todo:
el sonido de tu jadeo, el roce de la alfombra,
el aroma de nuestros cuerpos,
mi respiración alterada, gemidos de los dos,
tu piel resbaladiza por el sudor y la fiebre,
el sentir cómo se avecina ese latigazo de vida...
y por fin el abandono de las propias fuerzas
y el peso muerto de mi cuerpo desgastado sobre el tuyo.
Mañana, amor mío, tú pones las reglas. May 14 NaturalLa flor del nenúfar nada sobre la superficie del pequeño lago verdoso. El esclavo se desnuda y se mete en el agua. Esta noche la flor del nenúfar adornará la mesa del banquete de bodas de la Princesa. Mientras la corta, el esclavo piensa en como las flores de los nenúfares del pequeño lago verdoso son invariablemente más bellas que las que se crían con esmero en los estanques de los jardines reales.
Secciona lentamente el tallo y sigue cavilando: habrá quien lo atribuya a que las cultivadas en palacio están rodeadas de belleza de cerámica, de árboles frutales y graciosas criadas y concubinas en vez de la vulgar espesura de los juncos. Se equivocan, porque al terminar cada fiesta, cuando al amanecer no queda nadie, posa las flores cortadas en la superficie del estanque junto a las cultivadas con dedicación, y los nenúfares salvajes siguen resultando más hermosos.
April 27 CAFÉ HISPANO (o la penosa confirmación de que no todas las mujeres maduras son Belén Rueda)Pues sí, cachorros míos. El amigo Buffell y un servidor tuvimos la ocurrencia de pasarmos por el café hispano hace ya un tiempo y, tras varias semanas, fue ayer sábado cuando llevamos a cabo nuestro plan.
Yo ya era consciente de lo que podíamos encontrarnos allí, esto es, carrozas que al grito de "a la vejez viruelas" se desatan en la molicie del ocio nocturno adobado en ron, güisqui, etc. Míticos eran los rumores de la presencia de mujeres más que adultas a la caza del jovenzuelo con vocación de mantenido. El caso es que se comentaba en ciertos mentideros que ahora también hacían acto de presencia jovencitas oriundas de sudamédica en busca de alguien dispuesto a comprar su amor con papeles de residencia. El sociólogo aficionado que llevo dentro no hacía más que bullir: semejante espectáculo no me lo podía perder.
Para dar tiempo a que fuera habiendo algo de ambientillo, fuimos primero a la Canterbury Tavern de Cesáreo Alierta. La suerte nos sonrió al permitirnos disfrutar de dos sillones junto a la zona de paso desde donde pudimos valorar perfertamente las piernas de todas las chavalas que fueron desfilando ante nosotros. Imagino que no es necesario comentar mucho más, ya que todos sabemos cómo están las niñas que frecuentan esos lugares. La posibilidad de que sean chicas fabulosas también respecto a sus personalidades y sus neocórtex, pues lo dejo a la opinión y la experiencia de cada cual.
Fase 1: Entrar al garito.
Los seguratas (habitualmente auténticos armarios de tres puertas) tienen instrucciones respecto a quién pasa y con qué condiciones. Al llegar allí e ir a entrar, uno de los tres seguratas que había entre las puertas de la calle y las de dentro me dijo "espera". Rodeaban entre los tres a un tipo y vi cómo le decían que tenía que comprar entrada con derecho a consumición. Buffell me dijo algo como "si hay que pillar entrada paso", así que pregunté al segurata "¿hay que pillar entrada?", a lo que contestó con la misma palabra, "espera".
Ignorante de qué era exactamente lo que tenía que esperar, puse en marcha mi gadget-o-parabólica pa ver si pillaba algo de la conversación entre los porteros y el fulano que trataba de entrar. No me enteré de ná.
Una vez que hubo entrado el tipo al garito, el segurata nos dijo que pasáramos. Ni entrada ni vainas. No sé exactamente porqué aquel hombre sí y nosotros no. ¿Será que aprovechan la coyuntura con los hombres maduros que saben que ahí van a poder tener oportunidades de pillar? Vaya usted a saber.
Fase 2: Bebamos.
11.80 €uros de vellón es el precio por un cubata de Ballantine's con Coca-Cola y una cervecita (Kronenburg 1664). Es decir, 1.80 más caro que lo que nos pedían en el Canterbury por un cubata y una Stella Artois.
Fase 3: A pillar sitio.
Nos costó el tener que dar toda la vuelta al antro para cerciorarnos de que si el rumor habitual era cierto, el más nuevo no se hacía evidente esa noche: ni una chavalita ni media. Al final nos colocamos hacia el final de la sala y nos pusimos a estudiar los ejemplares más curiosos.
Grupo A
El grupo A era una pandilla de señoras de unos 55 tacos de calendario que bailoteaban en corrillo y miraban de reojo a un pobre hombre que se iba acercando con disimulo y cara de estar sufriendo.
Grupo B
Llamaremos grupo B a una mujer joven de raza negra que se resistía a ser conquistada por un tipo del que no sabría decir si era más feo con gafas o sin gafas y que se daba un aire a Fito Cabrales pero sin patillas bajo el cráneo afeitado. El tipo venga a insistir con, imagino, sesudos argumentos y la tía que nones.
Grupo C (o pareja X)
Hombre y mujer cincuentones que, chincha y rabia, probablemente fueron los únicos que echaron un polvo sin pagar esa noche (siempre y cuando la cogorza no se lo impidiera). Inenarrable la forma de comerse la boca y de magrearse en público que tenían aquellos protoviejunos.
Conclusiones:
Señora, señor, señoritas y caballeretes: Acudan al café hispano aunque sólo sea por curiosidad malsana y observen cómo, aunque uno peine canas y haya terminado de pagar la hipoteca, el comportamiento en pos de la cópula no varía mucho. En resumen, se utilizan los mismos métodos tristones que en la modorra preadolescencia. Las miraditas, las risitas, los comentarios a las amigas o a los amigos, el acercarse al grupo de chavalas con una supuesta discreción aunque en realidad se te vea a la legua, el llamar la atención de un maromo bailando de un modo más o menos sugerente... y pagar. |
||||||||||||||||||||
|
|