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El Exquisito Arte de la PerezaPaso mi vida observando pelusas 11月6日 De Canis Familiaris ( I )La montó como a una perra, y es que era una mujer que lo hacía con un perro. Su perro. Eso es lo que fui: nada más que un perro. ¡Qué acogedora ha sido en las frases primeras la sensación de anonimato de la tercera persona del singular! Pero no puedo engañarte a ti, que lees esto movido por el deber o la compasión. Yo, y nadie más que yo, era aquel perro.
La primera vez que la vio (que la vi), se sentaba con aires de femme fatale junto a la barra de un antro de Montparnasse o Pigalle, no recuerdo bien. A los cinco minutos de pedir su copa, se quitó el anillo de casada, pero no lo hizo para que no se le viera, sino para que todos le viéramos quitárselo, con un aire de disimulo demasiado teatral para resultar auténtico. Un pretendido bohemio se le fue acercando con una copa de vino en la mano y los ojos haciendo un escáner de las hechuras de la mujer. No llegó a hablar con ella, pues cuando estaba a unos dos metros ésta le dirigió una mirada gélida, durísima, que consiguió que a aquel imbécil se le atragantara el rollo dadaísta con el que seguramente quería entrarle. Las formas y el palique con los que eventualmente se le abría de piernas alguna estudiante “antisistema” adicta al cous-cous, la política y el hachís no le iban a servir de nada con ella. Entonces, aquella fotocopia borrosa del Che Guevara se volvió hacia una mesa ocupada por sus presas naturales: chicas jóvenes con camisetas con frases de Baudelaire y gafas de pasta. “Este sí es mi público” leí en su cara. Liaron un porro y se pusieron a hablar de La Internacional. Hay que ser francesa para que eso te ponga cachonda... Aparté la mirada de aquel trío de idiotas y tropecé con sus ojos grandes, negros y enmarcados de Rimmel. Me acerqué acompañado de mi whisky y me senté junto a ella apoyando mi vaso en el mármol oscuro de la barra. -Hola- le dije. -¿Español? -Sí. Imagino que lo has deducido porque no te he dicho “buenas noches” en vez de “hola”. -Y también por esto- contestó señalando el nomeolvides de mi muñeca que rezaba “María Dolores”. -Está lejos y hace frío- le expliqué. Me preguntó si iba a hablarle de política o de arte, y yo le sugerí que se uniera a la mesa de las chiquillas y del barbas si era un mitin lo que andaba buscando, que yo trataría de encontrar en otro sitio un rato de sexo y algún abrazo. Sonrió y levantó su copa para brindar clavándome unos ojos de predador que acecha. Aquella noche lo hicimos dos veces: la primera contra una tapia en un callejón, bruscamente, arañándonos, mordiéndonos, haciéndonos daño. La segunda en el cuarto de una pensión sórdida que olía a desinfectante, tomándonos nuestro tiempo, como curándonos mutuamente las heridas causadas contra la pared de ladrillo. Volví a aquel acudidero cada día durante un mes sin volver a encontrarla. Tampoco me importaba: sólo había sido un buen polvo como muchos que hubo antes y otros que le siguieron. También las dos chiquillas que alternaron con el filósofo de mercadillo pasaron por mi cama, una en sábado y otra en domingo.
Una mañana, martes y trece por más señas, me levanté y me di cuenta de que me había corrido en las sábanas al soñar con ella. Me duché, retiré la mayor parte del semen con papel higiénico y metí la ropa de cama en una bolsa grande para bajarla a la lavandería en cuanto saliera de casa. Media hora más tarde estaba tomando mi desayuno en una terraza: café solo y croissant. Pasé por la farmacia y compré condones, y luego entré en una tienda de artes para comprar carboncillo y un bloc con los que entretener las horas libres que me dejaba mi trabajo de traductor. Entraba ya en mi portal cuando coincidí con ella. Llevaba en sus manos un gran sobre con el membrete de LaPointe, el abogado matrimonialista del segundo piso famoso por su capacidad brutal para ganar juicios y trasegar vino de Burdeos. Antes de que yo reaccionara me dijo: -Voy a dejar a ese cabrón. -¿Quieres subir y tomar un café? -¿Tu café es bueno?- me preguntó con una sonrisa triste. -Pésimo, pero algo es algo. -Sí, muchas gracias. Aclaré un par de tazas de la fregadera y serví en ellas el café. Lo estábamos tomando en silencio cuando ella reparó en la bolsa grande de plástico que había en el suelo junto a la cama. Enarcó las cejas y me miró. -He olvidado bajar a la lavandería. Son mis sábanas. Se rió. -Tras dos meses ya tocaba ¿no? -Muy graciosa. Las puse limpias anteayer- y añadí sin pensar –pero anoche soñé contigo. Me miró con la misma fijeza que el primer día. -Ponlas- dijo. Me quedé paralizado, estupefacto y con cara de gilipollas. Ante mi inmovilidad y para mi asombro, sacó ella misma las sábanas de la bolsa, hizo la cama con ellas, bajó la persiana dejando apenas una rendija para que entrase un poco de luz, se sacó la alianza para meterla en el sobre del abogado y empezó a desnudarme.
Ella dormía. Yo me levanté y traduje al castellano las cinco últimas páginas de la biografía última del presidente de Francia. Mandé al editor de Madrid mi trabajo por correo electrónico. Dos de los preservativos que había comprado esa misma mañana yacían en el suelo anudados. Tomé el bloc nuevo y el carboncillo y me senté frente a la cama para retratarla. Estaba acostaba casi de bruces, destapada, y hacía mohines continuamente, como si le picase la nariz. Una vez hube copiado su silueta con luces y sombras rocié la hoja con laca para fijar el grafito al papel y luego cubrí el cuerpo de aquella mujer con una manta. El retrato estaba acabado, yo seguía mirándola mientras dormía, y me asusté porque me gustó.
Tres días después estaba yo en Sacre Coeur admirando la vista de la noche parisina. Apoyado en la barandilla, justo al telescopio a monedas para turistas curiosos, dejé que mi conciencia naufragase en aquel océano de candilejas que se extendía hacia delante. Abandonada así a su libre albedrío, mi mente volvió a aquel día en que la subí a mi casa. Cuando se despertó se desperezó estirándose y ronroneando como una gata satisfecha. Levantándose y sin mediar palabra se dirigió al cuarto de baño. Oí como tomaba una ducha y diez minutos más tarde salió del baño envuelta en mi albornoz (robado de un hotel de San Juan de Luz) y con una toalla a modo de turbante. Se acercó a mi mesa de trabajo y echó un vistazo a lo que había en ella: mi ordenador portátil encendido, los originales que acababa de traducir y el diccionario Francés-Español. -¿Te dedicas a esto, a traducir? ¿Es tu trabajo? -¿Crees si no- contesté socarrón -que me molestaría en traducir una biografía de Chirac? La broma resbaló sobre ella sin conseguir que se inmutara siquiera. -¿Y te gusta? -Me da de comer. -Con eso no me contestas. -Bueno... El problema no es traducir, sino el material que me dan para trabajar. Imagino que quien en su día tradujera a Víctor Hugo, a Dumas, a Balzac, a Molière, a Proust, a Zola... a algún genio en definitiva, sí debía disfrutar con su labor a pesar de la responsabilidad que implicaba, pero yo... yo sólo traduzco biografías chovinistas, guías de viajes y folletos publicitarios. -Pero a cambio eres un follador más que decente. -Gracias. Supongo que como compensación no está mal. Deshizo la cama volviendo a introducir las sábanas en la bolsa grande de plástico y acto seguido se quitó el albornoz y la toalla sin la menor muestra de pudor y los puso en la misma bolsa. Volvió al aseo y al cruzar ante mí recreé mi vista en su cuerpo. Calculé que debía tener treinta y pocos y estaba en una espléndida forma. Los pechos firmes, el culo respingón, la piel suave y sin mácula, la lustrosa melena que le caía a la espalda... todo su ser proclamaba a gritos su lozanía y juventud como de apetecible fruta en sazón, todo su ser excepto aquel poso de tristeza antigua y resignada que podía encontrarse en sus ojos negros. Al rato ya estaba vestida y con el cabello recogido en una coleta. -Adiós- dijo, y cerró la puerta tras de sí sin mirar atrás ni una sola vez. Durante unos segundos pude distinguir el ruido de sus tacones bajando las escaleras. Mi estudio estaba tal y como lo había dejado al irme a desayunar. Tan sólo el albornoz y la toalla fuera de su sitio, algunos pelos suyos en mi peine y un leve hematoma de morderme en el cuello certificaban que ella había estado allí. Y también un desnudo al carboncillo. Incluso había retirado ella los preservativos usados. Sonó el timbre de la puerta y al abrir vi la cara congestionada y sudorosa de LaPointe, el abogado, que farfullaba no sé que del “jodido ascensor” y de las “putas escaleras de los cojones”. Me entregó dos sobres a mi nombre diciendo que los habían introducido en su buzón por error. Los cogí y le miré con una sonrisilla sarcástica pensando “y en vez de meterlos en mi buzón sin más, resulta que has sentido la bondadosa necesidad de propulsar tus ciento treinta kilos de humanidad escaleras arriba para dármelos en mano”. El viejo zorro, habituado a leer la verdad en los ojos y los gestos de sus clientes, abandonó todo fingimiento y me habló muy clarito con un tono directo y profesional. Me contó que la señora Villeneuve iba a emprender un proceso de divorcio y no le había dicho nada de mí, lo que ponía en peligro el éxito del proceso y, de rebote, su reputación como abogado especialista en obtener lo máximo de la parte contraria. Le expliqué que yo no tenía arte ni parte en el divorcio, que hasta ese momento ni siquiera había sabido que se apellidaba Villeneuve, que ni conocía ni quería conocer el nombre de pila y, además, que la costumbre de la secretaria del bufete de espiar por la mirilla me parecía deplorable y penosa. El leguleyo se dio por satisfecho y se despidió educadamente mientras encaminaba su persona de nuevo al segundo piso. Miré los sobres que me había subido el bueno de LaPointe. Las marcas del mordisco de unas pinzas de cocina evidenciaban que las había sacado de mi buzón. “Qué hijoputa” pensé. Al abrir el primero encontré una factura de la compañía que me proporcionaba la conexión ADSL. El segundo contenía un billete de tren con destino a San Juan de Luz y una nota escueta que decía “Te esperamos el sábado en la estación. Aitana y Mª Dolores”. Aitana...
La vista de París desde el Sacre Coeur provocó exclamaciones en una pareja de japoneses que me sacaron de mi ensoñación. Al día siguiente subiría al tren para encontrarme con Aitana. Era feliz con eso, pero no podía evitar que parte de mí estuviera perdida en el recuerdo de la señora Villeneuve, en su olor, en el timbre de su voz y en el tacto de la piel de su vientre. Regresé a mi estudio, abrí una cerveza que dejé mediada en la encimera y preparé el poco equipaje que iba a necesitar aparte del portátil. En el tren podría ir empezando el siguiente encargo: una guía de viaje del valle del Loira.
El tren arrancó puntual. Miré la funda del ordenador pero no me decidí a abrirla y ponerme a trabajar. Me recosté como pude en el asiento poniéndome casi de canto apoyando la frente en la ventanilla. El paisaje se deslizaba ante mí y el traqueteo del tren, como un mantra, me sumió en un trance, como una hipnosis regresiva, que consiguió transportarme al fin de semana en que Aitana entró en mi vida.
De aquello hacía aproximadamente un año. Yo vivía aún en Zaragoza y ya trabajaba de traductor. Fundamentalmente pasaba del español al francés documentos y publicidad de empresas que querían abrir mercado en Francia o que tenían delegaciones allá. Uno de mis mejores clientes era una compañía de seguros, y uno de los jefecillos de allí era una mujer llamada Olga que me tiraba los tejos de un modo inmisericorde. Yo le daba largas educadamente y la evitaba en la medida de lo posible. Un día de esos en los que mejor hubiera sido estarme quieto en la cama, de esos en los que se diría que el mundo entero quería tocarme los cojones, la forma en que la rechacé fue de todo menos sutil. Por Marta, su secretaria (con la que sí tuve algo más que saludos y besos en la mejilla), me enteré de que había tratado de dejarme mal ante el resto de los jefes, pero como el encargado de las contratas me conocía y, sobre todo, la conocía a ella y sus maniobras, yo continué haciendo traducciones para la aseguradora.
El caso es que cierto día que fui a entregar unos documentos me encontré a la plana mayor junto a la máquina de café. Todos me miraron y, antes de que ninguno abriera la boca, Olga se dirigió hacia mí haciendo sonar contra la baldosa los tacones (tac, tac, tac...) de sus botas negras de dominatrix. Ni llevando collarín hubiese caminado con el mentón más alto. Se detuvo ante mí embutida en un top que seguramente había sisado a alguna sobrina quinceañera y que muy a duras penas podía mantener sus tetas a raya. Sonrió y dijo “¡qué casualidad!”, remarcando la última sílaba, recreándose en las des, mostrándome, entre sus labios pintados de rojo sangre, cómo la lengua se acercaba a los dientes al pronunciarlas despacio. -Este fin de semana –continuó- tenemos un congreso en el sur de Francia y hemos pensado que podrías acudir de intérprete. -¿Qué días exactamente? -Viernes y sábado para trabajar. Domingo para relajarnos. Aquel “relajarnos” me sonó a “relajarnos tú y yo juntos”. De cualquier modo acepté, pues entre trabajo y dietas iba a cobrar un buen pellizco. Horas más tarde, en la cama, me enteré por Marta de que íbamos a ser dos intérpretes: yo y una secretaria de dirección de Barcelona. Aitana.
Los jefes, los mandos intermedios, unos cuantos agentes, Aitana y yo llegamos a Biarritz un viernes a las doce y media de la mañana para reunirnos con otra “embajada” de una empresa de seguros francesa con la que los nuestros se iban a fusionar. Fue un acierto llevar más de un intérprete porque en total éramos más de cincuenta personas, y aunque en las sesiones de trabajo todo era ordenado y fluido, en los momentos de descanso era un caos. Sobre todo al llegar los postres cuando todos llevaban cierta cantidad de vino en el cuerpo y unos y otros te requerían para traducir galanterías y requiebros a “aquella gabachita tan linda” o “esa española tan adorable”. Era en esos momentos, fuera de las reuniones formales, cuando tenía que esmerarme en permanecer lo más alejado de Olga que me fuera posible. Aitana hacía lo propio con Armand, ejecutivo francés convencido de su savoir faire y encantado de conocerse.
La primera noche en Biarritz, los dos correveidiles de aquella planta de la torre de Babel tuvimos la misma idea: atrincherarnos, cada cual en su habitación, alegando dolor de garganta por haber hablado sin interrupción todo el día. Armand y Olga no podían salir en persecución nuestra sin ponerse descaradamente en evidencia, así que se contuvieron. El segundo día, Olga y Armand continuaron su asedio redoblando sus esfuerzos al calor de las parejitas que se habían formado la primera velada. Y Aitana y yo ahí, capeando el temporal con mano izquierda y pies ligeros. Aquella noche de sábado, el local de copas a donde nos llevaron en Biarritz estaba hasta la bandera. Si alguien no había salido bastante entonado con el vino de la cena, pronto lo estaría con el alcohol del disco-bar. Vi como aquella insoportable mujer me localizaba con la mirada desde el otro extremo de la sala y comenzaba a acercarse entre empujones y bailoteos. No tenía la más mínima intención de soportar aquel acoso, de modo que me agaché un poco y conseguí escabullirme hasta la calle. A buen paso, me encaminé al hotel y en el bar me senté a disfrutar un Dry Martini. Apenas lo había empezado cuando oí su voz detrás de mí, la voz de Aitana: -¡Vaya, otro prófugo del ardor de los aseguradores! -Sí. Estaba ya bastante harto y he huido. -Quizá debiéramos presentarlos, ya sabes, a “mi” Armand y a tu Némesis particular... -Olga. -Eso, Olga. -No sé si serviría de algo. Son dos depredadores que no se cazan entre sí. Da igual. Mañana me marcho, no pienso quedarme para que me persiga por la playa. Al fin y al cabo mañana no se va a hablar de negocios, con lo que mi trabajo ha terminado. Aitana pidió un café con vodka y se sentó a mi lado. La conversación fue saltando, animada, de un tema a otro: la sensación de vacío al terminar los estudios, los primeros trabajos, nuestros lugares de origen... Y de este modo nos dieron las tres y media de la mañana.
La acompañé a la puerta de su habitación, donde me dijo que seguiría mi ejemplo al día siguiente yéndose para no tener que aguantar al petulante Armand. Abrió la puerta y se volvió hacia mí. Hubo diez o quince segundos de silencio que me parecieron una era geológica. Dentro de mí sabía que si ponía mis manos en su cintura y entraba con ella en su habitación acabaríamos en la cama. De hecho cuadraba mucho con mi forma de actuar en esas situaciones, pero no lo hice. En vez de eso le sonreí y le deseé buenas noches. Llegué a mi habitación sin saber por qué no me había lanzado a sus labios. Tratando de justificar mi poco usual actuación ante mí mismo, hice una especie de silogismo idiota: Aitana era especial (eso lo sentí claramente), distinta a mis “presas” habituales, con lo que la actuación tenía que ser distinta a lo acostumbrado... me miré en el espejo del baño y pensé “eres un gilipollas”. Sentí que me picaban a la puerta. “Como sea Olga la estrangulo”. Abrí y la luz de la amplia sonrisa de Aitana entró en mi cuarto mientras me preguntaba: -¿Conoces San Juan de Luz?
Media hora más tarde viajábamos al sur en su coche, un Renault 5 cochambroso. Lamenté en voz alta que allí, en la costa occidental, no pudiera verse amanecer sobre el mar. -Bueno, -contestó- al menos verás la puesta de sol. Llegamos al pueblo y me llevó directamente a un pequeño hotel en cuya recepción montaba guardia un hombrecillo medio calvo, encorvado y con brazos flacos y desproporcionadamente largos. Era tan desgarbado que parecía un chimpancé vestido de etiqueta. Nada más vernos salió de detrás del mostrador sonriendo cariñosamente y abriendo sus infinitas extremidades superiores como si pretendiese abrazar el globo terráqueo. -¡Señoguita Isaguigue! ¡Qué delisia vegla! ¡Entgen, entgen, no se queden ahí! Salvo la pronunciación, hablaba un castellano bastante correcto. Aitana le contestó en francés dando a entender así que yo les iba a comprender. -Gracias, Claudio. Al ver mi cara de extrañeza por ese nombre me explicó: -Sus padres son españoles.
La seguí con las maletas mientras ella subía con las llaves de la que, según dijo Claudio en español, era la “habitasión más adogable” de todo el hotel. Conforme organizábamos los bultos y explorábamos la suite, me contó el modo en que sus abuelos ayudaron a los padres del hostelero a cruzar a Francia tras la guerra civil, forjando así un vínculo entre las dos familias. De hecho Claudio recibió ese nombre en honor de Claudio Izaguirre, abuelo de la mujer que se instalaba conmigo en la habitación de un hotel de San Juan de Luz. Terminé de lavarme los dientes y asearme. Apagué la luz del cuarto de baño y salí a la habitación, que estaba sumida en una cierta semioscuridad rojiza. Cubriendo la única lámpara una tela encarnada, mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse tras haber estado expuestos al tubo fluorescente del lavabo. Cuando empecé a ver con una cierta nitidez distinguí la cama abierta y la silueta femenina de Aitana al lado, de pie. Se dirigió hacia mí contoneándose como una gata elegante. Se levantó de puntillas y empezó a darme un beso tierno y largo en los labios sin dejar de mirarme. Apoyé una mano en su cadera y con la otra le rodeé la espalda. La estreché contra mí delicadamente y noté sus pezones apuntándome a través de mi camisa. Su cabello rubio bañado por esa luz roja, parecía broncíneo, y la oscuridad y esa misma tonalidad que lo acariciaba todo impedían ver el auténtico color de sus ojos. Daba lo mismo, yo sabía que eran de un verde hipnótico, tan magnéticos, aunque distintos, como aquellos ojos oscuros que un año más tarde me atraparían en cierto antro de Pigalle o, no recuerdo bien, quizás de Montparnasse. Abrí la boca y se abrió la suya. Con mi lengua acaricié sus labios y el interior de su boca, cerré los ojos y me dejé llevar.
El domingo amaneció luminoso y despejado. La luz y la brisa fresca que entraban por el balcón abierto me animaron a abrir los ojos. Yacía tumbado boca arriba en la cama y con Aitana durmiendo abrazada a mí derramando sobre mi pecho su rubio cabello revuelto. La besé en la cabeza y respiré hondo deleitándome con el olor de su pelo. Además de su aroma, estaba la visión de su cuerpo a medio tapar, los sonidos del “fru-fru” de las sábanas y de su respiración, el tacto de su piel junto a la mía y, además, su sabor, que no me había abandonado. La conjura de mis cinco sentidos no le pareció indiferente a mi instinto. Miré la sábana un poco más allá de mi cintura y, ¡voila!, en efecto, ahí estaba la evidencia de mi erección. Entonces noté dos manos en mi pene: una que lo agarraba por la base y otra que lo acariciaba. Y en seguida escuché una risita cristalina. Miré a Aitana a la cara y encontré dos preciosos ojos verdes y una sonrisa traviesa. Dos horas después, tras la ducha y el pantagruélico desayuno que Claudio nos subió a la habitación, paseábamos por la playa. Yo llevaba una camiseta y unos viejos vaqueros hechos polvo, y caminaba descalzo con las botas en la mano. Aitana también se había quitado sus pequeñas sandalias y caminaba cubierta por un vestidito fino de color rojo estampado con minúsculas florecillas blancas en el que identifiqué el paño que cubría la lámpara la noche anterior. Mientras charlábamos ella reía, correteaba, me daba abrazos o sonreía a algún anciano pescador. ¡Qué placer contemplarla! Al acabar las cortas mangas de su vestido se extendían aquellos brazos gráciles y sus manos suaves, delicadas y expresivas. El escote, generoso, me dejaba ver buena parte de unos bonitos pechos que, en vez de sujetador, tenían la parte superior de un bikini bastante provocativo. Sus piernas estaban desnudas desde donde acababa el vestidito (medio muslo o más arriba en función de los envites de la brisa) y estaban muy bien torneadas. La melena rubia, a capricho del aire, revoloteaba brillante obligándole de vez en cuando a apartársela de la cara con un gesto delicioso. Era el esplendor hecho mujer. No me equivoco si digo que fue la primera mujer de la que me sentí sinceramente enamorado.
Tras caminar un buen rato nos decidimos a darnos un baño. Jugueteábamos en el agua como dos adolescentes sin parar de besarnos. Volvimos a la arena y Aitana encontró algo medio enterrado. Me lo mostró. Se trataba de un nomeolvides con el nombre de María Dolores grabado. -Mi nombre es Aitana, pero bueno, póntelo y quédatelo de recuerdo... así además mantendrás alejadas a las lobas. Seguí la broma y me lo puse. Y hasta hoy. Comimos en un agradable restaurante y más tarde, después de habernos perdido al azar por las callejas, regresamos a la playa para ver como se hacía de noche. El sol que se iba hundiendo en el Atlántico ponía punto final a uno de los días más amables de mi vida. Junto a la orilla hicimos el amor y ya de vuelta en el hotel repetimos. Lo hicimos con la mezcla de pasión, ternura y tristeza de quienes se despiden. En el viaje de vuelta me comentó que había pedido tres días de fiesta para ver a su gente, así que en Irún mi petate y yo desalojamos el R-5 destartalado de Aitana. Me echó un beso por la ventanilla y se alejó de la estación de tren en dirección al hogar de su familia. Antes de ir a comprarme el billete para regresar a Zaragoza, seguí con la vista aquel cachivache de matrícula medio descolgada. Segurísimo que podía permitirse uno nuevo y más o menos lujoso, pero ella le tenía cariño y estaba familiarizada con él, y es que Aitana era una sentimental. Y yo otro, porque de otro modo no se explica que mi muñeca luciese el nomeolvides de Aitana-Mª Dolores ni que en mi petate guardase el albornoz con el que salió de la ducha y que alevosamente distraje del hotel del buen Claudio.
El miércoles de esa semana, cuando volví a la aseguradora, volví a encontrarme con todos los jefes en la máquina de café. Tras decir un “Buenos días” al grupo me dispuse a sacarme un café. Se hizo un silencio al mismo tiempo que la nube de perfume que rodeaba a Olga me engullía. -¡Hombre! El niño perdido hallado en el templo... -Amén- contesté. Las comisuras de Aníbal, el jefe de personal, delataban la sonrisa que se escondía tras el vaso de plástico en el que bebía su café. -Así que el señorito se fue, según dicen, con la pajarita esa de la delegación de Barcelona... Tatiana. -Aitana, A-I-T-A-N-A. Y sí, la verdad, estábamos los dos un poco agobiados, ya sabes, tantas horas con lo mismo. A Aníbal le entró la risa mientras bebía y se atragantó. Caminó pasillo adelante hacia el servicio entre toses y risas ahogadas. Marta camufló su cara tras un informe y me guiñó un ojo, bendita sea su liberalidad juguetona. -Ya... oye, pásate luego por mi despacho para recoger un encarguito. Noté que se dulcificaba, lo cual sólo podía significar que retomaba el asedio. -Pues va a ser que no. Me han mandado un correo ofreciéndome trabajar como traductor para una editorial y lo he aceptado- (eso era cierto) -, lo que me impide seguir de free-lance con vosotros. Esto último era mentira cochina, pues le había dado mi beneplácito a Aníbal para que me mandara trabajo si alguna vez se veían agua al cuello. -Así que adiós. Que os vaya muy bien. Olga dio un paso vacilante y antes de que me viera obligado a dar dos besos a aquella loba giré en redondo y salí pitando de la oficina. Me sentía tan aliviado y feliz que sólo el saber que Olga se vengaría de su secretaria me impidió besar a Marta en todos los morros.
Desde entonces, y durante cuatro meses, mantuve con Aitana una relación formal a pesar de que sólo nos veíamos en fin de semana. Ella venía a Zaragoza o yo iba a Barcelona. El quinto mes pasó algo que yo desconocía pero que lo enfrió todo de golpe. Ella decía estar muy ocupada para venir a mi casa y me daba cualquier excusa para evitar que yo cogiera un tren para ir a verla. En pocos días cambió de móvil y dejó de contestar a mis correos, aunque no por eso dejé de enviarle mis señas nuevas cuando decidí mudarme a París. Curiosa forma de romper con todo lo que me la recordaba dejando a la vez un rastro para que me pudiera encontrar. La deducción lógica era que había encontrado a otro, aunque era algo que no me decidía a creer. Aitana se hubiese comportado con más sinceridad. En la capital de Francia me enfundé en la armadura de la que me había deshecho en Biarritz al conocer a Aitana. La coraza estaba en perfecto estado y repelía el amor independientemente de las cualidades de la mujer que en ese momento estuviera pasando la noche (o la mañana, o la tarde) conmigo. La mayoría no eran más que el polvo del momento, algunas eran amigas que me caían bien y con las que follaba eventualmente. Sólo la señora Villeneuve se había instalado en mi pensamiento, pero era más una atracción sexual y una extraña fijación con su dureza forrada de terciopelo, o al revés, su suavidad cubierta de espinas, antes que amor. Finalmente Aitana decidió tirar del hilito que yo le había lanzado para que pudiera llegar hasta mí y me mandó el billete con el que me citaba, un año después, en San Juan de Luz.
Una azafata del tren, con toda su amabilidad profesional, me informó de que llegábamos a mi destino mientras me tocaba en el hombro para despertarme. Me despejé de inmediato pensando en la mujer que me esperaba allí: quería verla, quería besarla y, principalmente, quería saberlo todo.
¿Tengo que elegir una palabra que defina correctamente lo que sentí al ver a Aitana en el andén? Sin duda alguna “estupefacción”. Parecía una virgen renacentista: límpida, radiante, hermosa, con su rubia melena suelta y brillante, entre sus brazos sostenía una mantita donde dormitaba María Dolores. Mi hija. Enfrente del hotelito de Claudio había una acogedora cafetería donde se me puso al día de todo: el modo en que le entró cierto pánico a la segunda falta, las dudas respecto a mi disponibilidad como padre, la determinación final de tener a su hija en el hogar de los Izaguirre y (ahí no pude menos que reírme) la cara de fastidio del abuelo materno de la niña al enterarse de que la iban a llamar María Dolores en vez de Ainhoa, como la bisabuela de Aitana.
Supongo que nadie me habría reprochado el ponerme furioso ni el sentirme dolido por el modo en que Aitana me había dejado a oscuras durante más de medio año, pero lo cierto es que no reaccioné de ese modo. Me fue imposible ensimismado como estaba en la persona de la niña. Cuando empezó a disiparse el velo de mi estupor, algo similar a un rayo de luz hizo visible la pregunta correcta para ese momento: “¿y ahora qué?” Fui exponiéndole mis ideas conforme éstas se iban clarificando: Primero, yo seguía enamorado de ella. Segundo, quería desempeñar correctamente mi papel como padre de María Dolores. Tercero, que estaba dispuesto a mudarme a su tierra hasta que se le agotara la baja por maternidad y luego irme con ella a vivir a Barcelona. Acordamos que yo volvería a París y me quedaría allí durante un mes mientras ella preparaba mi llegada al caserío de don Íñigo Izaguirre, de entrada hostil a un jovenzuelo que no tenía un buen trabajo, había preñado a su hija y para colmo, ¡que la Virgen de Begoña nos asista!, ni siquiera era vasco. Hacía un mes escaso que Aitana había dado a luz, así que aquella noche no pasó nada en el hotel de Claudio. Nos limitamos a dormir juntos y a desear que todo nos saliera bien. Comimos en el mismo restaurante de aquel primer viaje a San Juan de Luz y allí me dio una foto suya y de la niña. Me acompañó después a la estación y las besé a las dos antes de subir al tren que me devolvía a París y me acercaba a la turbulenta vida que me esperaba allí.
Una vez en la capital, nada más apearme del tren, me tomé un café mientras planeaba los pasos a realizar. Tendría que dar de baja la conexión a internet, avisar a mi casero de que iba a dejar de ser su inquilino en un mes, comunicar a la editorial mi inminente cambio de domicilio... Tomé el metro para ir a mi piso. En el trayecto desde mi estación de destino hasta mi portal recordé otra cosa que debía hacer: evitar mis tradicionales razzias por Pigalle y Montparnasse, deshacerme de malos hábitos y olvidar tentadoras compañías. La puerta del edificio se abrió mientras yo buscaba mis llaves y apareció ante mí el brillante y orondo abogado Charles LaPointe. -La señora Villeneuve ha llegado hace veinte minutos y ha preguntado por usted. Ahora creo que está esperándole en su puerta. “Joder –pensé-, empezamos bien”. Subí y ahí estaba ella, acurrucada contra el dintel de mi puerta, temblorosa y gimoteante. Cuando levantó la cara vi que tenía los ojos hinchados y arrasados de llorar, el pómulo izquierdo tumefacto y un mapa de luces y sombras provocado por el rimmel diluído en sus lágrimas. Trató de decirme algo, pero no consiguió articular nada inteligible. Sólo una confusa mezcla de hipo y llanto nervioso salió de sus labios. Abrí la puerta y le hice entrar. -Pasa y lávate la cara mientras yo preparo uno de mis horribles cafés. Después podrás contármelo todo con calma. La acompañé al cuarto de baño. No hizo movimiento alguno aparte de temblar como una hoja. Con una toalla humedecida (tranquila, tranquila) fui limpiando con suavidad (ahora cálmate, aquí estás a salvo) su cara teniendo cuidado en el porrazo del pómulo. Descubrí que no sólo era el cardenal y la hinchazón sino que en el centro había un pequeño corte. -Me ha pegado un puñetazo, el muy malnacido. No tenía que jurarlo, eso era un ostión de padre y muy señor mío. Me giré para sacar del armarito del baño un desinfectante y una tirita para la herida y cuando volví a encararla a ella me besó. Al apartarse de mí la miré fijo a los ojos y no vi el brillo depredador que recordaba de las otras ocasiones, sino una especie de ruego acongojado, una súplica de atención, una petición de amor temporal en nombre de la caridad. Como no espero un juicio benevolente confieso que ni Aitana ni su (nuestra) hija aparecieron en mi pensamiento para cohibir mi instinto más primario. Apagué la luz y empezamos a desnudarnos sin más iluminación que el halo anaranjado de las farolas callejeras. Fui desgranando un rosario de besos desde su oreja izquierda hasta su sexo y luego la llevé en volandas hasta la cama tropezando en penumbras con mi mochila y mi maletín.
Cuando abrí los ojos aún era de noche. La lámpara de la mesilla estaba encendida y la señora Villeneuve, tapada hasta la cintura solamente y con la cabeza apoyada en mi hombro, me miraba fijamente pero sin dureza. -¿Quién es Aitana? No sabía qué contestar. ¿Mi novia, mi pareja, la madre de mi hija? No me dejó tiempo para responderle. -¿La amas? Has dicho su nombre varias veces en sueños. Aitana, curioso nombre... cuando mi matrimonio me parecía perfecto mi marido también hablaba en sueños. ¡Andrea, Andrea! Su cara se colmó de enojo. -¿Y ya nunca lo hace?- pregunté. -Sigue haciéndolo, -y ante mi cara de perplejidad explicó- ¡ese es el problema, que yo me llamo Judith! Judith Villeneuve. Mi pecado ya tenía nombre y apellido. A las once de la mañana el sol entraba sin reparos en mi casa. Ignoraba en qué momento se había marchado Judith, pero su olor perduraba en mi almohada y en mi cerebro. Pensar en ella como “la señora Villeneuve” o como “la mujer del tugurio de Pigalle (o Montparnasse)” me resultaba más cómodo que pensar en ella como Judith, peligrosamente familiar. 11月24日 El Sol está sobrevaloradoPor alguna razón extraña para mí, muchos poemas y canciones de amor comparan a éste con el sol, el alba, el día. Tu amor es el sol que me alumbra y calienta y bla, bla, bla... pues para mí es al revés: el sol es el hijo de puta que, armado con su navaja de luz agria y salvaje, me destierra de la penumbra de tu habitación, de la noche profunda de tus ojos, del oasis de sábanas de tu cama. Con la primera bofetada de claridad al salir de tu portal, dos cortinillas castañas y verdes se cierran de fuera a dentro convirtiendo en dos puntitos negros mis pupilas, las mismas que durante horas han sido pozos anchos y oscuros como boca de lobo, dos lagunas negras donde has nadado toda la noche. El día entra a saco por los amplios ventanales del café reflejando toda su puta artillería en cada espejo, cada vidrio y cada cubierto. Me parapeto en mi cazadora levantándole el cuello y, atrincherado en el rinconcito más sombrío del local, pido a mi “espresso” doble que me de cobijo para la vista. Echo el azúcar y le doy vueltas, saco la cucharilla y me la llevo a la boca mientras en la taza el líquido sigue girando con mansedumbre y la espuma color crema dibuja una espiral. Es como si allí mismo tuviera mi propia galaxia pequeñita girando sobre su centro, y francamente, me entran ganas de caerme dentro hasta perderlo todo de vista. El bullicio de un millón de secretarias, ejecutivos y amas de casa que toman al asalto la barra como una bandada de estorninos me saca de mi ensimismamiento espacial, de mis fantasías de astronauta de andar por casa. Es entonces que me percato de algo: mi juego de constelaciones en miniatura a duras penas es más claro que el fondo sobre el que flota y aún así resulta perfectamente nítido, tanto como si la espuma fuera blanca y fluorescente, y me acuerdo de la noche pasada. Casi no había luz en tu cuarto, sólo un desvaído reflejo anaranjado procedente de la lámpara de sodio que corona la farola solitaria y cabizbaja de tu calle, vacilante y temblón como la llamita de una cerilla moribunda. El caso es que yo te veía perfectamente allí, debajo de mí: la pequeña depresión del nacimiento de tu cuello, tus pechos apuntándome como fusiles en la revolución de los claveles, el óvalo de tu cara y la melena revuelta. Lo más importante fueron los ojos que se atrajeron como dos pares de imanes y que no hemos cerrado en toda la noche. Hemos follado sin palabras, sólo jadeos quedos. Hemos follado sin besos, aunque nuestros labios se rozaban de tan próximos hasta bebernos la respiración del otro. Hemos follado sin apenas parpadear, mirándonos a los ojos pero enfocando más allá, como si los dos estuviéramos viendo el mismo infinito, como si fuéramos la misma cosa, como si hubiéramos llegado al principio de todo cuando no había oscuridad porque no existía luz con la que compararla... y luego el estallido, y luego el abrazo, y después el silencio. Ya sabes lo que ha sucedido a partir de ahí: ese cabrón, este tirano de fuego se ha levantado en el horizonte para colarse por las rendijas de tus persianas y pincharme los párpados. Te he besado despacio ya en la puerta del piso y con la congoja de todas las mañanas (¿por qué tras dos años juntos tengo cada mañana el mismo miedo a que ese beso sea el último?). Sólo resta esperar a que este jueves se muera de viejo para ir a cenar contigo, pero temo que aún queda mucho para que el sol se escabulla tras los edificios para ir a dar por culo al otro lado del mundo, y me deje en paz, y vuelvas a amarme como nos gusta: a oscuras. 11月23日 LoserAquel hombre era como un almacén de batallas perdidas, una colección de fracasos, un compendio de desengaños, el jodido museo de cera de la mala suerte. Todas (pocas) las mujeres que pasaron por su vida lo hicieron por lástima, despecho o por no tener otra cosa que hacer, y todas se marcharon tras saciar su sed de autoestima, piedad, dinero, nacionalidad española... o simplemente se cansaron de tener sexo con aquel ser anodino y grisáceo, con ese ceniciento sin hada madrina ni carroza de calabaza. Su destino era barrer sus miserias por los siglos de los siglos. Para él no habría baile en palacio, ni zapato de cristal, sólo hacer solitarios y crucigramas en su mesa de plástico viendo “noche de fiesta” para siempre. Once letras, uno al que todo le sale mal, a quien nunca sonríe la suerte: DESGRACIADO. Cerró el periódico pensando que mañana será otro día. Súbitamente lo entendió: mañana sería “el día”. ¿Qué pensamientos tiene al despertar quien sabe que ha llegado el momento de suicidarse? ¿Qué ha soñado esa noche? ¿Se levanta con una sensación de paz, o llorando, o feliz? Cualquiera de esas posibilidades parece plausible, pero no hay que olvidar que se trataba del Sr. Nadie, gris entre los grises. No estaba ni exultante ni deprimido, ni pensó en nada especial, ni recordaba haber soñado. Era un despertar vulgar que servía de colofón a una vida repleta de ausencias, vacía de plenitudes. Sólo había algo especial, la determinación de un lemming camino del precipicio. Mojó el bizcocho ya algo rancio en la leche y se lo llevaba a la boca cuando paralizó el gesto quedándose con la boca abierta. Acababa de planteársele una duda para nada baladí: ¿cuál iba a ser el método de suicidio? El extremo húmedo del bizcocho no pudo resistir más la fuerza de la gravedad y empezó a curvarse lentamente hasta acabar desgajándose y cayendo en el tazón con un “plop” líquido que llenó de gotitas tanto la mesa como el albornoz y la barba de tres días de nuestro Juan Sin Tierra. La debacle bizcochil le sacó de su atolondramiento y él se levantó en busca del tomo del diccionario enciclopédico Siria-Tulipán, un lápiz y un papel. Siria-Tulipán daba una definición clara del suicidio y brindaba un listado donde se enumeraba una buena cantidad de métodos para realizarlo, pero sin entrar en detalles, así que tuvo que recurrir a otros cuantos tomos de la enciclopedia para aclarar conceptos (Ébano-España para electrocución, Azar-Bilbao para barbitúrico, etc.) Todo el trámite documentalista y bibliográfico no amilanó a nuestro tenaz hombrecillo. De hecho estaba tan decidido y concentrado que no reparó en que era la primera vez que se hacía merecedor de ese adjetivo: tenaz. Anteriormente había sido metódico, concienzudo, insistente, tiquis-miquis y cansino, pero jamás tenaz. De un modo u otro, a la hora y media tenía ya un abanico de opciones que conocía y entendía perfectamente, y del cual tenía que escoger una. Pensó que la asfixia por monóxido de carbono sería lo ideal: empezar sintiendo una suave modorra y cómo todos los músculos se relajan, y te vas durmiendo plácidamente para no despertar jamás (al menos en este mundo). El problema era dónde obtener ese gas. Recordó las palabras que le dirigió el técnico de la caldera de la calefacción cuatro días antes: “Joder, jefe, el cacharro estaba tan sucio y revocaba tanto que ha faltado poco para que se fuera usted al otro barrio... no la enciende mucho rato ¿verdad?” Manipular la caldera no era opción, pues podía provocar un accidente y afectar a los vecinos que, dicho sea de paso, ninguna culpa tenían de su mierda de vida. Dos posibilidades tenían similares efectos: la primera consistía en cortarse las venas dentro de la bañera llena de agua caliente, pero no tenía presencia de ánimo para tal cosa. La segunda era ponerse tibio de whisky e inflarse a barbitúricos. Tenía la intención, conocía el método y era el momento: sólo restaba reunir los ingredientes y hacerlo. Volvió a levantarse de la mesa esta vez para devolver los tomos a sus puestos en la enciclopedia que aguardaba como una boca mellada pendiente del dentista que viene a reponerle las piezas que faltan. Los introdujo en sus huecos suavemente hasta que llegó el turno de Siria-Tulipán que, éste sí, presentó alguna dificultad. La distancia entre baldas en la librería de aglomerado iba muy justa y la presencia de un papel en el hueco de Siria-Tulipán impedía que el suicida pudiera reponer limpiamente el volumen a su sitio. Al final lo consiguió y se dirigió al armario donde guardaba los medicamentos para revolver entre paracetamoles y antiácidos. Al fin encontró una caja llena del barbitúrico Rohypnol, capaz de provocar agilipollamiento a un rinoceronte. Cojonudo. Ahora al mueble-bar. Vaya, no quedaba whisky. Sacó todas las botellas para ver si encontraba un digno sustituto. ¿Martini? Demasiado suave y, además, quedaba poco. El ron a palo seco no le gustaba y no había con qué combinarlo. Lo mismo pasaba con el vodka. Sólo quedaba tequila que una vez compró para complacer a una novia mejicana que lo dejó aquella misma tarde. El tequila, tanto por el tequila en sí como por el recuerdo que traía consigo, le repugnaba hasta el punto de hacerle vomitar, lo que sería muy poco práctico, pues tanto el alcohol como las pastillas habían de ser digeridos y no devueltos con la cabeza en la taza del váter. ¿Podía la carencia de bebida interponerse en el camino de un autoasesino autodidacta? ¿Era capaz la falta de setenta centilitros de droga legal de frustrar las aspiraciones de un suicida hecho a sí mismo? Definitivamente no, resultaría vergonzoso. Más teniendo en cuenta que a cinco minutos de su portal había un supermercado. Decidió que después de comer opíparamente y echar la siesta bajaría a comprar algo con que aliñar lo que quedaba de ron y de vodka. Y que el tequila se lo bebieran esa hija de la chingada y su puta madre en el burdel de Tijuana en el que estuvieran trabajando. Se tomó su tiempo para cocinar, comió, fregó y se tumbó en el sofá bajo una manta a cuadros rojos y negros y se dejó adormecer por un disco de boleros puesto bajito. A las siete de la tarde se despertó, se desembarazó de la manta y de la bata y se desperezó. Camino del dormitorio volvió a poner el disco, pero esta vez bastante alto. Abrió el armario y seleccionó su atuendo: zapatos nuevos, vaqueros limpios, camisa y una chaqueta de sport. Colocó todo sobre la cama y se fue al cuarto de baño. Encendió el calefactor y abrió el grifo. Entretanto se templaba el chorro de agua, se desnudó con cuidado metiendo la ropa en el cestillo de prendas para lavar y se miró al espejo. Decidió afeitarse antes de entrar en la bañera y así lo hizo. Sería la última vez que bajase a la calle, y la ocasión bien merecía un “completo”. Finalizó la ducha con agua fría, lo que le hizo jadear y sonreír. Salió de la bañera tras el chaparrón estimulante, se secó y se acicaló. Al terminar volvió a su habitación y de nuevo se miró al espejo, y apenas se reconoció tan limpito, afeitado y repeinado... aunque en pelota picada. Sólo restaba vestirse y bajar a comprar, que a este paso no iba a estar abierto ni el chino del todo a cien. Al fin, totalmente adecentado, salió a la calle sonriendo sin saberlo. Dos chicas y un anciano respondieron a su sonrisa, lo cual fue atribuido por nuestro amigo a un espejismo fruto del sol del atardecer que le daba en la cara. De haber estado más atento se habría dado cuenta de que una de las chicas se sonrojó, miró al cielo y volvió a mirarle a los ojos durante unas décimas de segundo de más, esas décimas de segundo que dicen “vas bien, acércate a ver qué tienes que contarme, despliega tus encantos”. Acababa de empezar Marzo y cualquiera podía ver que la primavera se iba a adelantar trayendo consigo tardes de lluvia, baños de un sol que va perdiendo timidez y se prodiga más horas. Y flores. Y celo. Ha pasado la jornada metido en casa perdiéndose un día fresco, que no frío, pero soleado. Un día de esos de finales de invierno que son diáfanos y se coronan con un cielo que da pleno sentido a la palabra “azul”. No todo está perdido, pues queda lo mejor del atardecer, cuando el azul de poniente va haciendo sitio al naranja y las nubes se visten de anaranjado y rosa por debajo y de malva y morado por arriba. Será una buena idea, tras el aprovisionamiento, dar un paseo por el bulevar de la avenida para disfrutar del caleidoscopio celeste entre las dos hileras de tilos que flanquean a los peatones que remolonean saboreando las últimas horas de luz. El padre del niño complaciente, echó la moneda correspondiente en la ranura y el caballito mecánico se puso en marcha llenando el aire de relinchos y ruido de cascos al galope. La atracción infantil estaba en la entrada del supermercado. El chiquillo apuntó al suicida con el índice de su manita gordezuela y dijo riéndose “Pum, pum. Tas mueto”, a lo que el otro respondió llevándose la mano al pecho y poniendo los ojos en blanco, para luego sonreír al pequeñajo y al orgulloso progenitor de John Wayne. Entró acto seguido en el comercio y de repente notó un escalofrío en la nuca que le hizo torcer el gesto, y es que durante unos minutos había olvidado que lo que se celebraba era su funeral, que el bajar a comprar era un medio y no un fin, que era un cadáver que respiraba por un error logístico en el surtido de su nevera. De todos modos esa inquietud fue rápidamente enterrada gracias a sus agallas eficaces y recién estrenadas, a esa tenacidad flamante y novedosa, por lo que pasó entre las dóciles puertas automáticas con pisada firme y mirada decidida. Nada iba a echar por tierra su liberación. Pasó frente a la estantería de los refrescos y abrió la cartera. Había cometido el error de no comprobar si llevaba dinero. Menos mal. Ahí, aplastadito entre un cupón de los ciegos del año pasado y un calendario con la imagen de una señorita semidesnuda que le miraba con ojos lascivos desde su cuerpo de cartón, había un billete. Ajado y mugriento, sí, pero no de los pequeños. Ya que no habría más copas a partir de ese día, ¿por qué conformarse con lo que quedaba en casa? Tenía dinero y lo iba a gastar en lo que más le gustaba. Caminó sonriente, casi relamiéndose, hacia los estantes del whisky de malta para encontrarse con que entre las botella y él se interponían unas puertecitas de vidrio. Un cartel contenía las instrucciones correspondientes. “Si desea adquirir alguno de estos productos solicíteselo a la cajera”. “Pues bueno, pues vale, pues voy”. Y fue. Sólo había una caja abierta y sólo una persona en la cola, una anciana. La buena mujer era una de esas viejecitas simpáticas y parlanchinas que enseguida cogen confianza con todo el mundo. La cajera asentía divertida con una sonrisa, ora beatífica, ora traviesa, a la narración que la señora le hacía de su vida y milagros. Llegó al fin su turno. “¿Qué desea?” “Eh, sí... que si me puede sacar una botella de ahí” “¿Cuál?” “Cardhu”. Lucía. Eso era lo que ponía en la chapa identificativa del pecho. “SRTA. LUCIA SANCHEZ”, así, sin tildes, pero a él no le interesaban las tildes, el SRTA. ni el SANCHEZ. Sólo prestaba atención al nombre, Lucía. Sencillo pero vibrante. Lucía. Claro como luz, como lucero, como Lucifer lo fue al principio. En el poco tiempo que les costó llegar a la vitrina, él repitió el nombre dentro de su cabeza casi cien veces. La cajera, Lucía, abrió la portezuela con una llavecita y él mientras recordó una costumbre que tenía de niño: la vida le ponía delante una palabra, por ejemplo “azúcar” impreso en el paquete que su madre ponía en la mesa justo antes del desayuno. Entonces se preguntaba por qué el azúcar se llamaba azúcar. Repetía la palabra para sí cincuenta, ochenta, cien veces. Sin pausa entre una y otra. Azúcar-azúcar-azúcar... azucarazucarazucar... Pronto la sílaba zu dejaba de ser tónica y empezaba a serlo otra, ázucar, azucar. Al mismo tiempo la palabra empezaba y terminaba en otros sitios: zúcara, carazú, arazuc... Silencio. Cinco segundos. Palabra original: azúcar. Y era entonces que sentía la palabra absolutamente arbitraria. Azúcar, por sí misma, no tenía sentido. Su mente infantil imaginaba un señor anciano de barba blanca y pronunciada calvicie (¿por qué los niños siempre imaginaban así a los sabios?) vestido con una toga como la de Laurence Olivier en “Espartaco”. Cuatro o cinco hombres más jóvenes vestidos como extras de “La túnica sagrada” (pasó los domingos de su infancia viendo peplum con su padre en el sofá) se acercaban al sabio con cara de preocupación. Le enseñaban una bolsa llena de una sustancia blanca pulverizada y él, fríamente, introducía un dedo en la bolsa y luego se lo llevaba a la boca. Ojos cerrados, cabeza echada hacia atrás, ceño fruncido por la concentración... entonces abría los ojos y serenamente alumbraba la nueva palabra para un nuevo descubrimiento. “AZÚCAR” y los hombres jóvenes sonreían y respiraban aliviados. Pero eso no estaba sucediendo con Lucía. Lucía no podía ser fruto del azar o de la inspiración (que podrían ser lo mismo). “Lucía” existía con el objetivo único de nombrar a esa mujer. Y no cabían sinónimos, sólo Lucía podía ser el nombre de ella en una relación cierta y necesaria, natural, como la que hay entre masa y gravedad. Todas estas cavilaciones apenas le tomaron tres segundos, certificando a sus ojos que a veces parece que el tiempo, y con él el mundo, se espesara fluyendo el primero y moviéndose el segundo como la brea o la melaza, lenta y suavemente, mientras el cerebro por contra trabaja a la velocidad de la luz. Satisfechas sus ansias de semiólogo frustrado, se dispuso a apaciguar las de admirador secreto. El pelo de Lucía, de un color cobrizo parecido al de una miel oscura, convergía en una coleta que le caía hasta la mitad de la espalda, con la excepción de un tirabuzón díscolo que le nacía arriba de la frente y se descolgaba a la izquierda, llegándole hasta la placa con su nombre oscilando entre ésta y el centro del escote. Y además, Dios santo, ¡olía tan bien! Las veces que giraba la cabeza haciendo agitarse la melena a él le llegaba una ola tenue de perfume. El espejo que constituía el fondo de la vitrina sirvió a nuestro amigo para examinar los ojos de la cajera mientras ella localizaba el whisky correcto. Eran unos ojos grandes, castaños y no se sabe si ingenuos, inocentes o soñadores, pero de cualquier modo dulces. Se acercó discretamente a ella por la espalda y admiró ese cuello elegante y delicado, casi frágil, que por detrás formaba una nuca deliciosa y por delante bajaba hasta el escote y los senos que se cobijaban entre la oscuridad del interior de la chaqueta como una promesa de calidez. Cuando salió del super, el sol ya estaba poniéndose el pijama y se levantaba una brisilla fresquita que le provocó un pequeño escalofrío. Estaba deshaciendo el camino recreándose en el paseo haciendo bambolearse la bolsa que contenía la botella de whisky. Una hora y media estuvo caminando plácidamente, entre los tilos y los bancos ocupados uno sin otro por parejas que charlaban y se hacían carantoñas, hasta que al ver a esta gente trató de recordar la época de su vida en la que hacía planes de futuro más allá de decidir qué vería esa noche en la tele, y menos en común con otra persona. Si recreaba en su mente los proyectos con sus novias, apreciaba con claridad que no era “con” sus novias sino “de” sus novias. Ella, la novia de turno, dictaba y él se limitaba a asentir con docilidad. Haremos, iremos, compraremos... Sí, sí, sí... Como un robot: se le programa y punto, a obedecer. Lo peor es que no le quedaba claro por qué se dejaba mandar de ese modo. ¿Porque estaba de acuerdo con todo? ¿Porque estaba tan absorto dentro de sí y respondía maquinalmente? ¿Porque era un enamorado complaciente? ¿Porque tenía miedo de quedarse solo? Sabe Dios... ni puta idea. Llegó a su portal y el cielo ya estaba bastante oscuro. La vida empezó a correr en cámara lenta y sintió que la sangre perdía grados de temperatura conforme la llave entraba, diente a diente, en la cerradura. De pronto un reflejo en el cristal de la puerta le distrajo. Llamó su atención lo suficiente para olvidar esas sensaciones de hacía sólo una décima de segundo y hacerle recuperar la templanza. Se giró en redondo para ver el origen del reflejo que tan oportunamente había acudido en su auxilio. Unos tubos delgados de neón azul sobre un fondo negro giraban una y otra vez para conformar el nombre del local de copas abierto hacía poco y que no había visitado. “El hilo de Ariadna”. Acabó de girar la llave y abrió con un suave empujón. Misma operación en la puerta del piso. Encendió la luz del recibidor y después la del salón. Sobre la mesa, ordenadamente, colocó la botella de Cardhu, las pastillas y una cubitera llena que trajo de la cocina. Abrió la vitrina y sacó un vaso bajo tallado de buen cristal y lo reunió con el resto de objetos. Lo hizo sin el más mínimo temblor, pero con una cierta sequedad en la boca. Bebió un poco de agua fría de la nevera y se dirigió a la ventana. Desde allí también podía leerse. “El hilo de Ariadna”. Sabía que era algo de la mitología griega, pero no conseguía recordar la historia. Se dirigió al anaquel de la enciclopedia pensando que en un solo día la había consultado más veces que en todos los años que la había tenido desde que la compraron sus padres cuando él era un adolescente que estudiaba primero de B.U.P. Mientras dirimía si consultar el primer tomo para buscar “Ariadna” o Haba-Idiota para buscar “hilo”, vio que Siria-Tulipán sobresalía un poco y recordó que esa mañana había tenido algún problema para colocar ese tomo en su sitio. Un papel o algo así había entorpecido la entrada del libro en su madriguera. Notó una punzada de curiosidad y sacó ese volumen y los dos adyacentes. Al final, apretujado contra el fondo, había un sobre. Se valió de las pinzas de cocinar para sacarlo y lo observó. El sobre “reciclado” estaba dirigido a su padre y el remitente era una compañía de seguros. Lo abrió intrigado y dentro encontró varias fotos de sí mismo de pequeño y una carta que escribió a su casa un verano que estuvo de vacaciones en el pueblo de su abuela. “Hola, papás: ¿cómo estáis? Espero que bien. Yo...” y seguía con la narración de sus aventuras luciendo la caligrafía propia de un escolar. El yayo le había llevado a pescar y había ido a coger renacuajos con el Chicho, que era un niño muy bruto pero que tenía una hermana muy guapa a la que tiraban de las trenzas. Sonrió recordando todo aquello. El abuelo ayudándole a poner una lombriz en el anzuelo, los renacuajos nadando en un frasco que una vez contuvo mermelada de melocotón y, sobre todo, la torpeza infantil de cortejar a una niña haciéndole trastadas, ese conglomerado de atracción-repulsión que se inspiran entre sí niños y niñas que a veces parecen seres de mundos diferentes. Dobló la carta y pasó a las fotografías. Cubrían su vida entre los cuatro y los diez años, y en todas sonreía. Las sonrisas eran amplias y no pocas carecían de algún dientecillo de leche. Salía rodeado de primos, amigos, abuelos, etcétera. En la que más le gustó aparecía en las rodillas de su madre y cogiendo a su padre de la mano. La casualidad le había puesto en la cara que alguna vez fue feliz. Tomó la carta y las fotos y las puso junto al álbum que no hojeaba jamás, lo que no era raro considerando su historial amoroso. Al final se decidió por buscar “Ariadna”. Ariadna dio un hilo a su amante, Teseo, cuando él se introdujo en el laberinto de Creta. El héroe, conforme avanzaba, iba soltando el hilo de Ariadna. Mató al Minotauro y luego sólo tuvo que deshacer el camino siguiendo el hilo para hallar la salida. Se había convertido en algo parecido a Teseo desde que la noche anterior decidió quitarse la vida. ¿Qué había hecho pues sino seguir el hilo de los argumentos para no querer continuar adelante? El hilo del pragmatismo para escoger el modo de hacerlo, el del amor propio para arreglarse, el de la determinación para disponerlo todo, el de la despreocupación para disfrutar del camino entre los tilos, el de la imaginación y el instinto para tener una ensoñación con Lucía, y el del pasado para recordarse a sí mismo en otros tiempos, casi en otra vida. ¿Pero quién era Ariadna? Miró a la mesa y vio el whisky, las pastillas, el vaso y el hielo que ya se deshacía. No se había acobardado, pero tenía la sensación de que si se mataba ya iba a dejar algún cabo suelto, como se suele decir. Cogió las llaves y se precipitó escaleras abajo, cruzó la calle y se metió en el bar. Música de jazz, semioscuridad, pequeños focos que hacían incidir sus estrechos haces de luz sobre la barra, mesitas y sillas negras, un billar y poquita gente. El camarero, sonriente y educado, le preguntó qué deseaba. Nuestro amigo echó un vistazo al botellero y señaló la botella de Cardhu y el camarero le preguntó “¿Con hielo?”. “Con hielo” y añadió por lo bajini “sin Rohypnol el primero”. Le sirvieron su copa con un posavasos en el que algún cliente había escrito un poema de Gil de Biedma. Se llevó el whisky a la boca hasta mojarse los labios y la nariz se le llenó del olor ahumado propio de la bebida. Tomó un par de sorbos cortos y cuando empezó a bajar el vaso y sus ojos se libraron del caleidoscopio de hielo y malta, su mirada se clavó en dos ojos que le miraban desde otro punto de la barra. Se acercó tranquilamente a la propietaria de esos ojazos castaños. Le dedicó una sonrisa amplia, como la que mostraba en las fotos descubiertas tras la enciclopedia. -Buenas noches. -Hola. Ella también sonrió. -Me llamo... -Lucía. Ya lo sé. “Vaya, se acuerda”. Se sonrojó levemente. -¿Estaba bueno el whisky? -Aún no lo he empezado, pero imagino que sí. Es como este que me estoy tomando. -Nunca lo he probado... ¿Puedo? Reprimió un temblorcillo de nerviosismo y le acercó el vaso, que ella tomó con las dos manos con un gesto infantil. Lucía probó el contenido y casi al instante le entró la tos que terminó en una risa franca. -Lo siento,-sonreía- no estoy acostumbrada a las bebidas fuertes. A causa de la tos, unas lágrimas le afloraban en el rostro. Él tomó un pañuelo dispuesto a prestárselo para que se limpiara, pero en el último momento cambió de decisión y lo hizo él mismo. Le secó con delicadeza junto a los ojos acercándose mucho a ella. Volvió a respirar el perfume que ya había olido esa misma tarde. Bajó la mano apartándola de ella, pero siguió con la cara a veinte centímetros de Lucía, perdido, enredado en esas pestañas. Nunca llegaría a saber cuánto tiempo pasó entre el instante en que se quedó mirándola encandilado y el instante en que se dio cuenta de que Lucía y él se estaban besando. Mientras la besaba la miraba, y vio que ella daba los besos con los ojos entreabiertos, respirando con lentitud, con una dulzura enorme. Se apartaron a un palmo el uno del otro y se miraron sorprendidos, sin entender nada y ensimismados el uno en el otro. Su cerebro volvió a acelerarse repasando lo acontecido durante este día y volvió a repetirse la pregunta ¿quién es Ariadna? ¿Lucía? No tenía seguro si Lucía era Ariadna o el propio hilo, pero aquel día de valor, tenacidad, decisión, de pensar que era el último y lo iba a encarar en consecuencia, era el día en que se sentía a salvo, dispuesto a exprimir al máximo una vida perecedera. Si todas las piedras fuesen de oro ¿quién daría importancia a ese metal? Quizá el problema de la existencia residía en que siendo breve, incierta y escurridiza, a menudo parece larga, segura y estática. Volvieron a besarse. “¿Qué hacemos?” Yo nunca hice planes. “Ven conmigo a mi casa”. “¿Y qué pasará mañana?” Yo nunca hice planes. Sonrisa. “Que quizás vaya al cine con una chica genial”. También ella sonríe. “¿Cómo te llamas?” “...Teseo”. 11月21日 En "Vida y Destino", de Vasili Grossman[...] Todos eran débiles, tanto justos como pecadores. La única diferencia era que un hombre miserable, cuando realizaba una buena acción, se vanagloriaba de ella toda la vida, mientras que un hombre justo no reparaba en sus buenas acciones, pero recordaba durante años un pecado cometido. [...] 11月17日 EspeleologíaTendrías que verme... mi aspecto está entre la ciencia-ficción y el esperpento: un mono con protecciones de kevlar, botas de suela antideslizante, un arnés del que cuelgan martillo, mosquetones y demás herramientas, guantes y un casco con lucecita. Soy el Antonio Molina del siglo XXI. Conecto la linterna de mi casco y allá voy, dispuesto a explorar tu mente. Ya hay cartografiados y reconocidos diversos lugares como la dolina de tu trabajo, la caverna de tu familia, la surrealista geoda de tus sueños. También hay una columna por cada día especial que has vivido y no olvidarás jamás. Pero no es eso lo que vengo a visitar. Vengo a explorar, a buscar, a descubrir. Vengo dispuesto a saber si hoy (los fenómenos kársticos son así, formación y derrumbamientos que se van sucediendo) si hoy, decía, existe una cueva, un pasillo, una sima, un pasadizo, un sifón, una columna, una estalactita, una estalagmita, una simple gotera o siquiera una manchita o arañazo en la pared que lleve mi nombre o hable de mí. Estoy nervioso, no sé lo que voy a encontrar ni si voy a encontrar algo (por no saber dar con ello o porque no exista). No me importa. Voy para adentro. ¿Me notas? 8月8日 Sólo estoy jugandoHoy te invito a jugar
aunque tú aún no lo sabes.
Has llegado a mi casa
(una casa de la que tienes llave
y por la que te mueves
con la misma soltura y naturalidad que mi gato azul-gris)
cansada de trabajar,
o quizás tan sólo aburrida.
Hoy te invito a jugar
aunque tú no me ves ni me oyes
cuando te quitas la cazadora
y la dejas sobre el brazo del sofá.
También, mientras me acerco sigiloso
igual que tu gata negra,
te desprendes del jersey de lana
que me perteneció en la infancia postrera
y que rescataste del fondo caótico de mi armario y de mi pasado.
Los tirantes del vestido
no aciertan a esconder los del sujetador
y mucho menos la piel de tus hombros,
y es sobre tus hombros donde apoyo mis manos.
Te he sobresaltado un poco
pero sigo detrás de ti y tú no te has vuelto
a mirarme.
Y te invito al silencio
(Shhhh...) cuando empieza el juego
al vendarte los ojos.
Las reglas son sencillas:
no te quites la prenda que tapa tus ojos
y habla lo menos posible.
Muerte a la visión y muerte a la palabra.
Te has convertido en mero instinto,
sin otros estímulos en tu conciencia
que el olfato, el tacto, el oído que percibe
mis pasos mullidos de pies desnudos sobre la alfombra.
Y tu propio deseo.
Comienzo a desnudarte con cuidado
y tú, a ciegas, haces lo propio conmigo.
No te pones nerviosa si algún botón
se defiende de ti, pues sabes que tienes tiempo.
Todo el tiempo del mundo es el que cabe en esta noche de viernes.
Me alejo de ti
y tú tiendes tus manos hacia adelante,
como las antenas de una hormiga buscando algún rastro,
una referencia en lo oscuro.
Mientras avanzas con cautela
yo apago la luz del salón y voy a encender
la vela que dejé en la mesa.
Has oído el roce de la cerilla,
la minúscula explosión de su encendido,
el leve crepitar de la madera.
Y sientes el olor acre e inconfundible del fósforo,
y un instante después la cera y
el perfume de sándalo de la vela.
Tus dedos siguen explorando el vacío
mientras, en silencio, me coloco a tu lado.
Soplo con mucha suavidad en tu oído
y dejas escapar una risita mientras te vuelves hacia mí.
Sonríes con una sonrisa que evoluciona veloz.
Al principio ha sido amplia y franca (como la que me regalas a menudo),
luego nerviosa e impaciente (la acompaña el subir y bajar de tus clavículas delatando tu respiración)
y por fin decidida y depredadora (como la chispa de luz en los ojos de un gato a punto de saltar).
Trato de escabullirme pero me atrapas.
Si el oído te ha ayudado a encontrarme,
ahora es tu tacto el que te ayuda a reconocerme
al sentir la forma de mi cara y de mi pecho,
al notar la leve aspereza de mi mentón mal afeitado.
Con la única luz de la vela,
casi estoy tan ciego como tú.
Pero no es bastante y cierro los ojos
dejando a mi piel el trabajo de "verte".
Conforme te acaricio, mi mente reconstruye
tu cuerpo para mí. Dibujo en mi cabeza
lo que leo en tu silueta, en la suavidad
de tu rostro, en la firmeza de tu carne joven.
El tacto se satura cuando damos otro paso
y es tanta la piel de cada uno
que entra en contacto con la del otro,
y aquí es donde el olfato (que también es el gusto)
toma el relevo claramente.
El olfato, que fue el primer sentido,
que radica en la parte más primitiva de nuestro cerebro,
y que graba sus impresiones a fuego en nuestro recuerdo
(el olor de tus caramelos favoritos de niño,
o el de la casa de tus abuelos).
Me invade la "visión" de tu pelo, que siempre huele a limpio,
y tus muñecas, donde a diario dejas caer y morir una gota de tu perfume,
y tu cuello, donde percibo tu olor corporal que se diferencia de cualquier otro
como se distingue una huella digital,
y por fin tu sexo, que huele a deseo, a mujer, a vida.
Se solapa todo:
el sonido de tu jadeo, el roce de la alfombra,
el aroma de nuestros cuerpos,
mi respiración alterada, gemidos de los dos,
tu piel resbaladiza por el sudor y la fiebre,
el sentir cómo se avecina ese latigazo de vida...
y por fin el abandono de las propias fuerzas
y el peso muerto de mi cuerpo desgastado sobre el tuyo.
Mañana, amor mío, tú pones las reglas. 5月14日 NaturalLa flor del nenúfar nada sobre la superficie del pequeño lago verdoso. El esclavo se desnuda y se mete en el agua. Esta noche la flor del nenúfar adornará la mesa del banquete de bodas de la Princesa. Mientras la corta, el esclavo piensa en como las flores de los nenúfares del pequeño lago verdoso son invariablemente más bellas que las que se crían con esmero en los estanques de los jardines reales.
Secciona lentamente el tallo y sigue cavilando: habrá quien lo atribuya a que las cultivadas en palacio están rodeadas de belleza de cerámica, de árboles frutales y graciosas criadas y concubinas en vez de la vulgar espesura de los juncos. Se equivocan, porque al terminar cada fiesta, cuando al amanecer no queda nadie, posa las flores cortadas en la superficie del estanque junto a las cultivadas con dedicación, y los nenúfares salvajes siguen resultando más hermosos.
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